Liturgias Dominicales

XVll Domingo Ordinario, 30 de Julio del 2017

Queridos Hermanos (as): El Evangelio del XVll Domingo Ordinario, Nuestro Señor Jesucristo,  continúa con  tres parábolas más;  acerca del Reino de Cielos. Hablando en el lenguaje misterioso y escondido de las parábolas, evitaba encender el fervor de la multitud y la instruía en una nueva y correcta manera de entender el Reino de los Cielos. En efecto, en palabras del Señor, el Reino de los Cielos ya había comenzado, pero no era el Reino de los Cielos que ellos se habían imaginado y esperaban, sino uno totalmente diverso.

El tema del Reino de los Cielos era un tema sumamente sensible para la muchedumbre. Los judíos vivían en ansiosa espera de este Reino y del Mesías que lo instauraría. Lo primero que se les venía a la mente al hablar del advenimiento del Reino de los Cielos era la llegada súbita de un rey celestial omnipotente, acompañado de falanges de hombres armados e incluso de legiones de ángeles combatientes, que llevarían a Israel al pleno dominio sobre sus enemigos y sobre los pueblos gentiles, sometiéndolos al poder de Dios.

En la primera parábola habla el Señor de un hombre que se topa con un tesoro escondido en un campo. No se trata de algo ajeno a la realidad de aquel entonces, ya que el temor a las guerras hacía que fuese frecuente enterrar objetos preciosos o tesoros.

¡Cristo es el tesoro que enriquece por sobre todos los demás! ¡Cristo es la perla valiosa que anda buscando todo ser humano!  En Él encontrarás todas las riquezas que necesita tu corazón empobrecido por un mundo artificial. Tal escena de la vida diaria es usada por el Señor para hablar de cómo en la etapa actual del Reino de los Cielos coexisten buenos y malos, justos y pecadores. Es como la red llena de peces de todo tipo. Sólo al final, al llegar el fin del mundo, los ángeles «separarán a los malos de los buenos».

El Señor en su parábola habla del destino eterno de los malos: «los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Estas imágenes, usualmente usadas por el Señor, describen el sufrimiento, la amargura profunda, la impotencia de los condenados, aquellos que a pesar de la paciencia de Dios no quisieron escucharlo ni convertirse de su maldad. «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21). Y Uds. mis queridos Hermanos donde tienen puesto su corazón? Tengan ub bendecido Domingo. Mons. Juan M. Bustillo.