Liturgias Dominicales

I Domingo de Adviento, 03 de Diciembre del 2017

Queridos Hermanos(as): «Comenzamos hoy, primer domingo de Adviento, un nuevo año litúrgico, es decir un nuevo camino del Pueblo de Dios con Jesucristo, nuestro Pastor, que nos guía en la historia hacia la realización del Reino de Dios. Por ello este día tiene un atractivo especial, nos hace experimentar un sentimiento profundo del sentido de la historia. Redescubrimos la belleza de estar todos en camino: la Iglesia, con su vocación y misión, y toda la humanidad, los pueblos, las civilizaciones, las culturas, todos en camino a través de los senderos del tiempo.

El sentido del Adviento es llevarnos sobre todo a una preparación y purificación profunda para el encuentro con Cristo, en el hoy de cada día así como cuando llegue el encuentro definitivo con Él. Nuestra fe nos enseña que al final de los tiempos Él vendrá en toda su gloria y esplendor. Será el día de su “última venida”. Es un día del que nadie sabe ni el día de la hora, por ello, no debemos afligirnos cada vez que alguien anuncia el año del fin del mundo. Nunca debemos prestar oídos a quienes aseguran saber la fecha del fin del mundo. Así, pues, conviene avivar la conciencia de que en este mundo sólo estamos de peregrinos hacia una patria definitiva, y que de lo que se trata es de conquistar la vida eterna. Pero he aquí que una inmensa multitud de hombres y mujeres vive como si esta vida lo fuera todo. Sumergidos en las vanidades de este mundo, ocupados y divertidos en tantas cosas, “aprovechando” mientras pueden y como pueden el tiempo presente, no esperan ya en nadie, no esperan a ningún Salvador. Tampoco creen que nadie, al final de sus días, les tomará cuentas. Aunque dicen que creen en Dios, viven como si Dios no existiera. Sus planes, sus proyectos e ilusiones, sus esfuerzos, luchas y sacrificios tienen como meta última esta sola vida y olvidan la eternidad que se les avecina. Sus máximas aspiraciones, sobre todo si son jóvenes aún, son llegar a “ser alguien” en la vida, tener una buena carrera, gozar de algún prestigio, tener dinero, disfrutar de los placeres sin límites morales, formar una familia sin que la alianza matrimonial signifique “para siempre” sino “mientras dure el amor”, etc. Su esperanza está puesta en el éxito, tan pasajero y efímero al fin. No es de extrañar que tantos que sólo ponen sus esperanzas en lo que ven, en lo palpable y medible, en lo visible y pasajero, terminen pensando que la felicidad como un estado permanente para el ser humano es una cruel ilusión, que no existe tal felicidad y que lo único que se puede lograr sólo son algunos momentos fugaces de alegría, gozo o placer. Para quienes todavía esperan “contra toda esperanza”, para aquellos que aún esperan en Dios y esperan de Él la salvación, ¡Dios se ha hecho hombre! Y no sólo eso: Jesucristo, el Hijo del Padre eterno que nació de María Virgen, nos ha reconciliado en la Cruz, y resucitando ha abierto para todos los que creen en Él las puertas de la vida eterna, una vida plena de felicidad en la que nuestros más profundos anhelos serán plenamente saciados.

«Hermanos, preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura. Hablo de los que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior». San Máximo de Turín

Y Ud. mis queridos Hermanos (as), como están preparando el vestido de su alma para recibir la Natividad del Señor Jesús? Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.