Liturgias Dominicales

ll Domingo de Adviento, 10 de Diciembre del 2017

Queridos Hermanos(as): La voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son —¿cuáles son los desiertos de hoy? – las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. La preparación para recibir a Jesús es siempre la conversión que, por medio del Bautismo y de la Penitencia, nos obtiene el perdón de los pecados. Ésta es también la preparación para la venida presente de Jesús, cuando Él viene a nosotros como alimento de vida eterna en la Eucaristía. Es también la preparación para su venida final cuando venga en la gloria, como lo recordaba San Pedro en su carta: «Esforzaos por ser hallados ante Él en paz, sin mancha y sin tacha».   También hoy Él nos dice: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). ¡Pero cuántas veces le ponemos obstáculos, le cerramos los oídos y hacemos intransitable el camino al Señor, impidiéndole acercarse a nosotros, impidiéndole entrar en lo más íntimo de nuestra morada interior! Por nuestra soberbia, por nuestra vanidad, por el miedo a que nos quite algo a lo que tanto nos aferramos, por preferir nuestro pecado o nuestras vanas seguridades, por no confiar en Él y hacer lo que nos dice, preferimos mantenerlo “a una prudente distancia”. Por tanto: ¡despójate de la impaciencia con que sueles tratar a algunas personas y revístete de paciencia, tratando a todos con máxima afabilidad! ¡Despójate del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirte de actitudes de generosidad y desprendimiento! ¡Despójate de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revístete de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad! ¡Despójate de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes, de palabras desedificantes o groseras para revestirte de un habla reverente, que busca la edificación de los demás! ¡Despójate de resentimientos, odios, amarguras y rencores para revestirte de actitudes de perdón, de comprensión y de misericordia para con quien te ha ofendido! ¡Despójate de la mentira y revístete de la verdad! ¡Despójate del robo, del fraude, de la usura, del soborno, del mal uso del dinero para corromper a otros y revístete de honradez! ¡Despójate de las borracheras, del consumo de drogas o del vicio del cigarrillo y revístete de sobriedad y autodominio! ¡Despójate de cualquier búsqueda de satisfacción sensual desordenada e inmoral —ya sea de mirada, de pensamiento o física— que hacen de la persona un mero objeto de placer y revístete de virtudes de pureza, ¿Quieres que el Señor venga a ti, no mañana, sino hoy y cada día? Si amas al Señor con todo tu corazón, “abaja los montes y colinas”, quita todo obstáculo, limpia tu corazón de todo pecado, vicio o mal hábito que impide que Él venga y permanezca en ti. Al mismo tiempo, “rellena los vales y abismos”, revístete de Cristo y de sus virtudes, esfuérzate en pensar, amar y vivir como Él.

No olvidemos que tal esfuerzo continuo de conversión será totalmente inútil y estéril si no acudimos incesantemente al Señor en la oración, si no recurrimos a los sacramentos en los que encontramos la gracia y fuerza necesaria, en los que encontramos al Señor mismo: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Él hará fecundos todos tus esfuerzos, si acudes incesantemente a Él y si luchas con paciencia y terca perseverancia. Así pues, en medio de tus luchas y empeños, persevera en la oración diaria, en ese coloquio íntimo que es encuentro con el Señor y escucha de su palabra, visita continuamente al Señor en el Santísimo y acude a los sacramentos de la Reconciliación y Eucaristía con la debida frecuencia.

Y Ud. mis queridos Hermanos (as ), como están preparando su camino para el encuentro  con Señor Jesús? Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.