Liturgias Dominicales

lV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

Queridos Hermanos(as):

El Señor Jesús no es un gran maestro o un “gurú” más entre varios otros. Quien así piensa no ha comprendido o aceptado que Él es el Hijo mismo de Dios, Dios de Dios y Luz de Luz. En cuanto tal, Él está muy por encima de cualquier maestro, sabio o iluminado que hayan pisado nuestro suelo. Nosotros afirmamos y creemos firmemente lo que la Iglesia ha recibido de los apóstoles y nos ha transmitido a cada uno de nosotros: que Cristo el Señor es la Palabra eterna que desde siempre ha estado con Dios, la Palabra creadora por la que todo lo visible e invisible ha pasado de la nada a la existencia. Él mismo es la Palabra divina que se hizo hombre para hablarnos en lenguaje humano del misterio de Dios y del misterio del ser humano. Él es la Palabra Viva que es la Vida y la Verdad que ilumina a todo hombre que viene a este mundo

Más aunque el Señor Jesús por su condición divina tenga plena autoridad y poder sobre todo lo creado, sobre el mal y la muerte, su poder se detiene, o habría que decir mejor que se estrella ante la libertad del ser humano: su Palabra se torna ineficaz ante un corazón que se cierra y se endurece, que consciente o inconscientemente desoye a Dios. Y es que Dios que nos ha creado libres —porque nos ha creado para participar de su mismo amor y porque el amor no se impone— respeta a todo aquel que le dice: “no quiero que Tú entres en mi vida y me digas lo que tengo que hacer o no hacer para ser feliz. Yo quiero definir por mí mismo qué es lo bueno y qué es lo malo para mí. Yo quiero ser mi propio dios, dueño de mi propia vida y constructor de mi propio destino, no quiero que Tú te entrometas, no quiero que Tú me límites”. ¡Cuántas veces le decimos “no” a Dios porque lo vemos como un enemigo de nuestra felicidad, porque “no me deja hacer lo que más me place, lo que a mí me gusta, lo que me deleita o me produce algún éxtasis intenso, lo que según mi criterio me hace feliz”!

En cambio, ¡con qué prontitud, confianza total y falta de sensatez, sentido común y recto discernimiento le decimos sí a las voces, sugerencias e invitaciones de las modas del mundo, de los reclamos sensuales de nuestra propia carne o incluso de las tentaciones del demonio siempre disfrazadas de “esto es bueno y excelente para ti”

No escucha a Dios ciertamente quien no se habitúa a escucharlo día a día, teniendo con Él esos momentos y espacios de encuentro, de lectura y reflexión de su palabra. Necesitamos hacernos el hábito de tener momentos fuertes de oración, de pasar más ratos de oración en el Santísimo, de educarnos a hacer silencio en el corazón en medio de tantas y tan exigentes actividades de cada día, necesitamos en algún momento del día hacer un alto, abstenernos de toda actividad para sentarnos a los pies del Señor y llegarnos a Él para escuchar las palabras de vida que brotan de sus labios y fluyen de su Corazón rebosante de amor por nosotros. Pero no basta ponernos en la presencia del Señor, ante el Santísimo, o en un lugar silencioso y apartado, en mi cuarto o en un oratorio. También hay que hacer silencio en el corazón. ¡Cuantas veces entramos en la presencia del Señor cargados con vanas preocupaciones, abrumados con nuestros pendientes, agitados con mil ideas: apenas nos deshacemos de una distracción viene otra! ¡Cuánta bulla cargamos en nuestro interior y qué difícil se hace hacer silencio en esos momentos en que queremos ponernos ante el Señor! Y así, tan disipados como estamos pensando en todo menos en el Señor, en su presencia, en sus palabras, aquél precioso momento no pasa de ser sino un momento de escucharnos a nosotros mismos, de estar centrados en nuestros problemas, de reflexionar en miles de cosas que nada tienen que ver con lo que he venido a hacer: ponerme en la presencia del Señor, estarme con Él, meditar en su palabra, rumiarla, hacerla mía, dejarme iluminar por ella, apropiarme de ella al calor de la oración para que se convierta en un criterio firme de conducta. En la que a nosotros nos toca, hagamos un serio y sostenido esfuerzo por buscar continuamente al Señor en la oración y procuremos hacer silencio en nuestro interior, para poder escuchar, acoger y dejarnos transformar por la palabra del Señor, por el Señor Jesús mismo que es la Palabra viva pronunciada por el Padre desde toda la eternidad, Palabra por la que todo vino a la existencia.

Y Ud. mis queridos Hermanos(as) De qué manera quieren  escuchar la voz del Señor y dejarse transformar?  Tengan un bendecido Domingo. +Mons. Juan M Bustillo.