Liturgias Dominicales

Vl Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

Queridos Hermanos(as): «En estos domingos el evangelista san Marcos nos está relatando la acción de Jesús contra todo tipo de mal, en beneficio de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos, pecadores… Él se presenta como aquel que combate y vence el mal donde sea que lo encuentre. En el Evangelio de hoy esta lucha suya afronta un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa que no tiene piedad, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados e indicar su presencia a los que pasaban. Era marginado por la comunidad civil y religiosa. Era como un muerto ambulante. El relato comienza abruptamente, sin indicar ninguna circunstancia y sin vinculación alguna con lo anterior: «Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: ‘Si quieres, puedes limpiarme’». Fijemos nuestra atención en la actuación del leproso. Él se pone a los pies de Jesús en actitud de profunda oración: «Puesto de rodillas». El Evangelio dice que en esa actitud «le suplicaba». Habríamos esperado una oración más o menos como ésta: «Señor, límpiame de la lepra». Pero en esta oración él habría expresado su propia voluntad. Su oración es mucho más perfecta; él prefiere que se haga la voluntad de Jesús, seguro de que eso es lo mejor para él. Por eso su oración es esta otra: «Señor, si tú lo quieres, puedes limpiarme». El leproso no hace prevalecer su voluntad. Quiere que se haga la voluntad de Jesús. Pero en una cosa es firme y muy claro: «Tú puedes limpiarme». Tiene fe en el poder de Jesús. Es importante destacar que, según la mentalidad judía, tal potestad respecto a la lepra estaba reservada a Dios, que la comunicó a veces a algunos de sus profetas, como Eliseo, por ejemplo (ver 2 Re 5,1-19). La fe del leproso es lo que conmueve a Jesús. No puede dejar de actuar a favor de quien cree tanto: «Extendió su mano, le tocó y le dijo: ‘Quiero; queda limpio’. Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio».

Una vez más el Evangelio nos muestra lo que hace Dios ante nuestro mal: Dios no viene a «dar una lección» sobre el dolor; no viene tampoco a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a conducirla hasta sus últimas consecuencias, para liberarnos de modo radical y definitivo. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios.

 

A nosotros, hoy, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que si queremos ser auténticos discípulos de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser «imitadores de Cristo»  ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo. He pedido a menudo a las personas que ayudan a los demás que lo hagan mirándolos a los ojos, que no tengan miedo de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión… Pero yo os pregunto: vosotros, ¿cuándo ayudáis a los demás, los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto: ¿cómo ayudáis? A distancia, ¿o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Por lo tanto, es necesario que el bien abunde en nosotros, cada vez más. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien». En la enseñanza conclusiva de la parábola: «Vete y haz tú lo mismo»

Y Ud. mis queridos Hermanos(as) Están dispuestos a pedir con humildad al Señor Jesucristo, que nos cure de nuestra lepra del alma? Para ser bondadosos con nuestros semejantes? Tengan un bendecido Domingo. +Mons. Juan M Bustillo.