Liturgias Dominicales

lV Domingo de Pascua, 22 de Abril del 2018

Queridos Hermanos(as): El cuarto Domingo de Pascua nos presenta el icono del Buen Pastor. Pastor y rebaño son ya desde antiguo figuras que explicaban la relación de Dios con su pueblo Israel. El Salmo dice: «El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23,1). El Señor, el Pastor, es Dios. El libró a su pueblo de la opresión de Egipto, lo guió por el desierto a la tierra prometida, se reveló en el Monte Sinaí como el Dios de la Alianza: «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi Alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos» (Ex 19, 5). En el Antiguo Testamento pastores son llamados también aquellos que Dios elige para apacentar a su pueblo. La figura de los pésimos pastores es utilizada por el profeta Ezequiel (34,1-16): en nombre de Dios fustiga duramente a aquellos pastores que en vez de cumplir con su oficio descuidan sus funciones o se aprovechan de su autoridad para apacentarse a sí mismos, abusando, maltratando o dejando desorientadas a las ovejas que han sido confiadas a su custodia. También el profeta Jeremías presta su voz a Dios para denunciar la injusticia con esta misma comparación: «¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! (…) Vosotros habéis dispersado las ovejas mías, las empujasteis y no las atendisteis» (Jer 23, 1-2). Dios promete arrebatar las ovejas de sus manos y hacerse Él mismo cargo de ellas: «Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas» (Ez 34, 11-12; ver Jer 23, 3). En el Señor Jesús Dios cumple aquella antigua promesa. Él es Dios mismo que se compadece al ver a tantos que andaban «como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 36). Él proclama abiertamente ante Israel: «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Aquel «Yo soy» del Señor Jesús remite inmediatamente al Nombre con que Dios se presentó ante el pueblo de Israel, por medio de Moisés: «Yo soy el que soy» (Ex 3, 14). Dios, en Jesucristo, ha venido a reunir nuevamente a su rebaño disperso. Por su vida entregada libremente, por su sangre derramada en el Altar de la Cruz, devuelve la vida a quienes la han perdido, recobra a sus ovejas para reunirlas nuevamente en un único redil y conducirlas Él mismo a las fuentes y pastos de vida eterna. En el pasaje del Evangelio de este Domingo el Señor ofrece tres características que permiten reconocer al verdadero pastor: da la vida por sus ovejas; las conoce y ellas a Él; está al servicio de la unidad de su rebaño. Estas características se aplican todas a Él. Él es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, porque realmente ofrece su vida como sacrificio en el Altar de la Cruz, en rescate por todos. Gracias a su libre entrega ha reconciliado a la humanidad entera con su Padre, devolviendo la vida divina y eterna —perdida por el pecado— a quienes creen en Él (ver Jn 3,15). Él es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y las suyas lo conocen a Él. En sentido bíblico el conocimiento no es un conocimiento puramente racional o intelectual, sino que entraña un profundo amor, una relación interior, una íntima aceptación de aquel que es conocido. El fundamento de la relación entre el Señor Jesús y el discípulo es este conocimiento mutuo, dinámico: «se ama lo que se conoce, y (…) se conoce lo que se ama», decía San Agustín. Así va construyéndose entre el Señor y su discípulo una profunda e indisoluble unidad y comunión de vida. Esta comunión íntima, fruto de tal conocimiento, se expresa naturalmente por parte del discípulo en la obediencia amorosa: quien conoce a Cristo escucha a su voz, hace lo que Él le pide (ver Jn 2, 5), pone por obra lo que Él le manda, con prontitud y alegría. De este modo entra también a participar de la misma comunión que Él, el Hijo, vive con el Padre: «igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre». Finalmente, Él es el Buen Pastor que está al servicio de la unidad de Israel y de todo el rebaño humano: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10, 16). El Señor Jesús realizó plenamente la unificación del Israel disperso prometida por Dios a través de su profeta Ezequiel (ver Ez 34, 22-24), pero fue más allá: abarcó a todos los hijos de Dios, de la humanidad entera. Esta unidad la ha venido a realizar mediante su propio sacrificio. Por su muerte ha roto los muros de la división (ver Ef 2, 14), ha reunido «en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52). Por su Cruz nos ha reconciliado con el Padre, reconciliación de la que procede toda otra reconciliación y unificación: del hombre consigo mismo, con todos los demás seres humanos y con la creación entera.

Y Uds. mis queridos Herman@s, están reconociendo al Señor Jesús como su Pastor y escuchando su voz  para seguirle, con todo su corazón? Tengan un bendecido Domingo. +Mons. Juan M Bustillo.