Liturgias Dominicales

Vl Domingo de Pascua, 06 de Mayo del 2018

Queridos Hermanos(as): El pasaje del Evangelio de este Domingo es continuación de la parábola de la vid y los sarmientos (Domingo anterior). El Señor desarrolla en esta sección algunos de los temas desarrollados en la primera parte, en la que habla de la relación que debe existir entre Él y sus discípulos: el discípulo debe permanecer en Cristo y Cristo en Él, para dar fruto abundante y con ello gloria al Padre.

Esa permanencia que el Señor pide a sus discípulos es una permanencia en su amor. ¿Cómo permanecer en su amor? ¿Cuál es la clave de esa permanencia? La obediencia: «si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor». La clave de las tres lecturas es la amorosa mirada que Dios tiene a cada uno de nosotros. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). Y es por eso que nosotros debemos de amarnos unos a otros sin acepción de personas: todos somos hijos queridos de Dios.

Esto es lo que leemos en la Primera Lectura. Cornelio, centurión piadoso y simpatizante del judaísmo es el primer pagano recibido como cristiano por uno de los apóstoles. El relato del encuentro y el discurso de Pedro insisten en la supresión de las fronteras entre judíos y paganos. Dios mismo es quien las ha suprimido, enseñando a Pedro a no llamar impuro a ningún hombre (Hechos de los Apóstoles 10,25–26. 34– 35.44–48.). San Juan, en la Segunda Lectura (primera carta de San Juan 4, 7- 10), nos ha dejado la más excelsa definición de Dios: «Dios es amor» y este amor ha tenido su máxima manifestación en la entrega de su propio Hijo para que podamos alcanzar la vida eterna. La respuesta a este amor divino será nuestro amor a Dios y al prójimo. El amor es la norma moral más exigente y más plena ya que exige un cumplir, por amor, lo que el Señor nos ha mandado. Para eso nos ha escogido (San Juan 15,9 -17).

«Jesús, en el discurso de despedida, en los últimos días antes de subir al cielo, habló de muchas cosas», pero siempre sobre el mismo punto, representado por «tres palabras clave: paz, amor y alegría». Sobre la primera, recordó el Papa, «hemos ya reflexionado» en la misa de anteayer, reconociendo que el Señor «no nos da una paz como la da el mundo, nos da otra paz: ¡una paz para siempre!». Respecto a la segunda palabra clave, «amor», Jesús, «había dicho muchas veces que el mandamiento es amar a Dios y amar al prójimo». Y «habló de ello también en diversas ocasiones» cuando «enseñaba cómo se ama a Dios, sin los ídolos». Y también «cómo se ama al prójimo». En resumen, Jesús encierra todo este discurso en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, en él se nos dice cómo seremos juzgados. Allí el Señor explica cómo «se ama al prójimo».

Pero, en el pasaje evangélico de san Juan (15, 9-11), «Jesús dice una cosa nueva sobre el amor: no sólo amad, sino permaneced en mi amor». En efecto, «la vocación cristiana es permanecer en el amor de Dios, o sea, respirar y vivir de ese oxígeno, vivir de ese aire». Y «el amor nos lleva a cumplir los mandamientos, así naturalmente» porque «la raíz del amor florece en los mandamientos» y los mandamientos son el «hilo conductor» que sujeta, en «este amor que llega», la cadena que une al Padre, a Jesús y a nosotros.

La tercera palabra que indicó el Papa es la «alegría». Al recordar la expresión de Jesús propuesta en la lectura del Evangelio —«Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud»—, el Pontífice evidenció que precisamente «la alegría es el signo del cristiano: un cristiano sin alegría o no es cristiano o está enfermo», su salud cristiana «no está bien». Y, añadió, «una vez dije que hay cristianos con la cara avinagrada: siempre con la cara roja e incluso el alma está así. ¡Y esto es feo!». Estos «no son cristianos», porque «un cristiano sin alegría no es cristiano». Para el cristiano, en efecto, la alegría está presente «también en el dolor, en las tribulaciones, incluso en las persecuciones». Al respecto el Papa invitó a mirar a los mártires de los primeros siglos —como las santas Felicidad, Perpetua e Inés— que «iban al martirio como si fuesen a las bodas». He aquí entonces, «la gran alegría cristiana» que «es también la que custodia la paz y custodia el amor».

Y Uds. mis queridos Herman@s: están dispuestos a amar a su Prójimo, sin excepción alguna ya que todos  somos hijos  de Dios; para poder permanecer en su amor y en su alegría? Tengan un bendecido Domingo. +Mons. Juan M Bustillo.