Liturgias Dominicales · Otras

XlV Domingo Ordinario, 08 de Julio del 2018

Queridos Hermanos(as): Este Domingo las lecturas están centradas en las dificultades para creer y en la actitud de los hombres ante el mensaje revelado. Los israelitas a los que Dios, a través del profeta Ezequiel dirige su palabra, dudan de la fidelidad de Dios y obstinadamente piensan que los ha abandonado a su propia suerte en el exilio de Babilonia. Ante esta situación se rebelan y su corazón se endurece para las cosas de Dios (Ezequiel 2, 2-5).

Después de los portentosos signos y milagros realizados por Jesús, los nazarenos lo ven simplemente como un conocido más, como un hombre más; y no son capaces de ir más allá de sus propias narices. «¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» (San Marcos 6, 1-6). San Pablo nos comparte no solamente sus propias debilidades personales sino las diversas dificultades que ha encontrado al predicar la Palabra. Sin embargo, él se mantiene firme porque en su interior Dios le responde y le dice: «Te basta mi gracia – y San Pablo responde- pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte».

El Evangelio nos relata la vuelta de Jesús a su pueblo de origen a Galilea por la fuerza del Espíritu… Vino a Nazaret, donde se había criado y por eso Jesús es llamado «Nazareno» y el acento de su voz era la de un galileo. Según su costumbre, entró el sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura» (Lc 4,14.15). Hoy se nos toca un punto central de nuestra fe; la verdad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo verdadero Hombre y fue uno de los nuestros. Él también sufrió las envidias, las pequeñeces y los comentarios malévolos de nuestros pequeños pueblos. Es verdad lo que dice el himno cristológico de Filipenses 2,6: «Se despojó de su condición divina asumiendo la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre». Jesús se hace «siervo entre los siervos» en un oscuro pueblito de la Palestina, hace más de dos mil años. Y esto, que era un escándalo para sus vecinos y conocidos, seguirá siendo escándalo hasta el fin del mundo. Sin embargo, aceptar la Encarnación del Cristo y reconocer en Él al Hijo de Dios y confesar la fe en Él como único Reconciliador, es el único camino de salvación. «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,23).

¿Y cuál es la actitud necesaria para recibir esta Palabra? «Se debe recibir como se recibe a Jesús, es decir, con el corazón abierto, con el corazón humilde, con el espíritu de las bienaventuranzas. Porque Jesús vino así, con humildad: vino pobre, vino con la unción del Espíritu Santo». Tal es así que «Él mismo comenzó su discurso en la sinagoga de Nazaret» con estas palabras: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». En definitiva, «Él es fuerza, es Palabra de Dios, porque está ungido por el Espíritu Santo». También nosotros, si queremos escuchar y recibir la Palabra de Dios, tenemos que rezar al Espíritu Santo y pedir esta unción del corazón, que es la unción de las bienaventuranzas». Así, pues, tener «un corazón como el corazón de las bienaventuranzas».

Y Uds. mis queridos Herman@s: Si «Jesús está presente en la Palabra de Dios» y «nos habla en la Palabra de Dios, nos hará bien hoy durante el día preguntarnos: ¿cómo recibo yo la Palabra de Dios?». Tengan un bendecido Domingo. +Mons. Juan M Bustillo.