Liturgias Dominicales

XVll Domingo Ordinario, 29 de Julio del 2018

Queridos Hermanos(as): La milagrosa multiplicación de unos panes (Evangelio) no era una novedad para el pueblo de Israel. Un milagro similar estaba ya consignado en el Antiguo Testamento (1ª lectura). En una ocasión el profeta Eliseo, contando con tan sólo veinte panes de cebada, alimentó con milagrosa holgura a un grupo de cien hombres. Por medio del profeta Dios realizaba lo que había anunciado: «comerán y sobrará».

Pero el Señor Jesús se presenta no sólo como un gran profeta, como lo fue Eliseo. El milagro recuerda asimismo el maná, “pan del cielo” con que Dios había alimentado a su pueblo por medio de Moisés, mientras duró su marcha por el desierto.

El Señor tampoco se presenta tan solo como el nuevo Moisés, sino más aún, como el Mesías-Rey prometido por Dios a su pueblo. En efecto, la multiplicación de panes sería uno de los “signos” que permitiría identificar al Mesías anunciado. El pueblo de Israel esperaba vivamente al Mesías que debía venir del desierto y obraría grandes señales y prodigios, inaugurando así su Reino y trayendo consigo una época de sobreabundancia para su pueblo (ver Zac 1, 17). La asombrosa multiplicación de unos cuantos panes y peces, así como la cantidad abundante de las sobras, eran una “señal” tan fuerte que indujo a la muchedumbre a ver en Él al «Profeta que tenía que venir al mundo». Es por eso que, «al ver la señal milagrosa que había hecho», quisieron proclamarlo rey. Negándose a ello, el Señor se retira a la montaña, que en la Escritura aparece siempre como lugar de oración y encuentro con Dios. Si bien Él es el Mesías-Rey prometido por Dios, su misión no es política, sino eminentemente espiritual.

Realizar el milagro de la multiplicación de los panes y peces tenía diversos sentidos. El primero era evidentemente el sentido material: alimentar a la muchedumbre hambrienta. Un segundo sentido era sin duda presentarse ante el pueblo como el Mesías esperado. Pero además sería el punto de partida para introducir a sus discípulos en una realidad misteriosa: Él era el Pan Vivo bajado del Cielo, un pan que daría la vida eterna a quien comiese de Él (ver Jn 6, 55-57).

La multiplicación de aquellos panes era el anticipo y preanuncio de la multiplicación de aquel otro Pan de Vida que es Él mismo, una multiplicación que Él ha venido realizando interrumpidamente desde la noche de la última Cena y que durará hasta el final de los tiempos. Esta multiplicación se realiza por medio de sus sacerdotes en cada Eucaristía. En ella se actualiza lo que el Señor Jesús hizo aquella memorable noche de pascua: «tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Este es mi Cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía”» (1Cor 11, 23-24).

La Eucaristía, el Milagro permanente por el que el Señor también hoy continúa multiplicando el Pan de su propio Cuerpo y Sangre para alimentarnos y fortalecernos en el camino de la vida cristiana, construye la unidad que en Cristo y por Cristo hemos alcanzado y estamos llamados a conservar (2ª lectura).

Y Uds. mis queridos Herman@s: Como quieren seguir a nuestro Señor Jesucristo, porque tienen hambre de su amor, misericordia y por una conversión total en su vida o solamente por curiosidad ? Tengan un bendecido Domingo. +Mons. Juan M Bustillo.