Liturgias Dominicales

l Domingo de Cuaresma, 10 de Marzo 2019

Queridos hermanos: En el Evangelio de este Domingo, Lucas nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto. La figura de Jesús que vuelve de su bautismo en el Jordán y durante cuarenta días es conducido por el Espíritu a través del desierto inhóspito sin probar alimento, abre el pórtico del tiempo litúrgico de la Cuaresma o cuarentena que hemos iniciado el miércoles de Ceniza. El número cuarenta (40) tiene un fuerte significado simbólico ya que sirve para expresar un periodo (días, noches o años) de presencia, de acción y revelación de Dios en la vida y en el mundo de los hombres.

La mejor y única manera de superar la prueba del desierto de la vida y las tentaciones del demonio es no apartarse de Dios. Es confesar y creer en Jesús con el corazón y con los labios, en nuestro interior y en nuestra vida cotidiana, Jesucristo es la imagen fiel del Padre e Hijo del único Dios verdadero que liberó de la esclavitud a su pueblo y que salva a todo aquel que invoca su nombre. Pues: «con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación»  La lucha espiritual no se ve a simple vista, pero es real.  La guerra implacable entre las fuerzas del Mal (de Satanás) y las fuerzas del Bien (de Dios) son más fuertes que nunca.  Y el Demonio, mentiroso de oficio, hace creer que va a ganar esta lucha. La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual. ¿Cuáles son nuestras armas?  El ayuno, la limosna y la oración.  Estos ejercicios nos ayudan a desprendernos de lo que nos impide ganar el combate espiritual. Jesús tuvo su combate espiritual cuando después de haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, “fue tentado por el Demonio” (Lc. 4, 1-13). Qué osadía pretender tentar al mismo Dios!  Osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad:  ¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes!  Allí en el desierto, Jesucristo hizo que Satanás probara su derrota, derrota que completó con su Cruz y su Resurrección.  Y esa derrota será plena y terminante el día de su venida gloriosa, cuando regrese a establecer su reinado definitivo y ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El Demonio pretendió desviar a Cristo de su misión con tres tentaciones:  una de poder, otra de gloria y triunfo, y otra de bienestar material.  El bicho sigue con el mismo guión:  es lo mismo que nos ofrece hoy en día a todos los que quieran estar en el equipo perdedor.

Con la primera tentación, el Demonio invita a Jesús a convertir las piedras en pan para calmar su hambre.  Es una tentación de poder, pero también de ceder a los sentidos para consentir el cuerpo.  Tentación también muy presente en nuestros días:  no hay que sufrir, si con poder se puede aliviar cualquier cosa.

La segunda tentación fue de avaricia y poder temporal, por supuesto acompañada de su siempre presente mentira: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de (todos los reinos de la tierra) y yo los doy a quien quiero”.  ¡A cuántos no ha engañado el Demonio con esa mentira de ser el dueño de lo creado y de que, si se le rinden y lo adoran a él, en vez de a Dios, él les dará lo que le pidan!

La tercera tentación fue de orgullo y soberbia, triunfo y gloria.  Y en ésta sí se pasó de osado:  tentó al mismo Dios con la Palabra de Dios.  Le sugirió que se lanzara en pleno centro de Jerusalén de la parte más alta del Templo porque, de acuerdo a la Escritura, los Ángeles vendrían a rescatarlo en el aire.  Imaginemos lo que hubiera sucedido con un milagro así: ¡Jesús reducido a super-man! Sabemos por la Biblia -y por experiencia- que nosotros no vamos a estar libres de tentaciones.  La santidad no consiste en no ser tentado, sino en poder superar las tentaciones.  Y contamos con toda la ayuda necesaria de parte de Dios para estar en el bando ganador, para ganar las batallas espirituales y la batalla final.. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.