Liturgias Dominicales

ll Domingo de Cuaresma, 17 de Marzo del 2019

Queridos Hermanos:

«La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros.

Si bien estamos invitados a la gloria, no podemos olvidar que el camino para alcanzarla necesariamente pasa por la cruz. Tampoco podemos olvidar, especialmente en los momentos de dura prueba, que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 18). Así, pues, no temas tomar tu cruz cada día y seguir fielmente al Señor Jesús, confiado en la promesa que Él nos hace de hacernos partícipes de su misma gloria si hacemos lo que Él nos dice. Al final del tiempo y comienzo de la eternidad todos resucitaremos:  unos para vivir en el Cielo en cuerpo y alma glorificados, y otros para lo mismo…pero en el Infierno.

¿Cómo seremos al ser resucitados?  “El transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso” (Flp. 3,17 – 4,1) En la Transfiguración, los tres Apóstoles que fueron testigos de ese milagro, nos dieron un avance de lo que luego fue la Resurrección de Cristo y de lo que va a ser la nuestra. Nos cuenta el Evangelio (Lc. 9, 28-36) que estando con Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor, Jesús se puso a orar y “su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y fulgurantes”.  Diríamos que ellos pudieron ver algo de la gloria divina. Y es que los apóstoles andaban consternados por el anuncio que, unos días antes, les había hecho Jesús de su Pasión, Muerte y posterior Resurrección. Entonces Jesús quiso reforzar la fe de sus más allegados, mostrándoles algo de su gloria, dándoles un preludio de lo que sería su Resurrección. Ciertamente, nosotros también seremos resucitados.  Pero antes hay que avanzar por el camino de Cristo:  primero cruz y luego resurrección.

Hay que seguir a Cristo en todo.  Sea en el Calvario y en el Tabor.  Sea en las penas y en las alegrías.  Sea en los triunfos y en los fracasos.  Sea en lo fácil y en lo difícil.  Sea en lo agradable y lo desagradable.  Sea en los aciertos y desaciertos.  Todo, menos el pecado, es Voluntad de Dios.  Todo está enmarcado dentro de sus planes.  Y sus planes están dirigidos a nuestro máximo bien que es nuestra salvación … y nuestra futura resurrección. Pero ¿cómo es eso de resucitar?  Cuando se reúnan nuestros cuerpos muertos con nuestras almas inmortales –que eso es resucitar- Dios nos transformará, nos glorificará con su gloria, nos iluminará con su luz infinita … es decir, nos transfigurará.  Lo que vieron los Apóstoles en la Transfiguración nos da una idea de cómo seremos resucitados.

Al respecto nos dijo el Papa San Juan Pablo II: “Si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección, la transfiguración del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia” (JP II, 14-3-2001).  ¡Ahhh!  Pero esa transformación no es automática:  tenemos que poner de nuestra parte para que se dé esa transfiguración de nuestra alma.

Porque, seremos resucitados –eso es una verdad de Fe- pero ¡ojo!: hay condiciones para ser resucitados a una vida de gloria y máxima felicidad, en cuerpos transfigurados: “Los que hicieron bien resucitarán para la Vida; pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 29). Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.