Liturgias Dominicales

lV Domingo de Cuaresma, 31 de Marzo del 2019

Queridos Hermanos (as): «Dejaos reconciliar con Dios», he aquí una clave de lectura de las lecturas de este cuarto Domingo de Cuaresma. «Empezamos por el final, es decir por la alegría del corazón del Padre, que dice: “Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (vv. 23-24). Con estas palabras el padre ha interrumpido al hijo menor en el momento en el que estaba confesando su culpa “ya no merezco ser llamado hijo tuyo…” (v. 19).

Pero esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que sin embargo se apresura para restituir al hijo los signos de su dignidad: el vestido, el anillo, las sandalias. Jesús no describe un padre ofendido o resentido, un padre que por ejemplo dice “me la pagarás”, no, el padre lo abraza, lo espera con amor; al contrario, la única cosa que el padre tiene en el corazón es que este hijo está delante de él sano y salvo. Y esto le hace feliz y hace fiesta.

La recepción del hijo que vuelve está descrita de forma conmovedora: “Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (v. 20). Cuánta ternura, lo vio desde lejos, ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo volvía. Lo esperaba, ese hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Es algo bonito la ternura del padre. La misericordia del padre es desbordante y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable.

Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: “trátame como a uno de tus jornaleros” (v. 19). Pero estas palabras se disuelven delante del perdón del padre. El abrazo y el beso de su padre le han hecho entender que ha sido siempre considerado hijo, a pesar de todo, pero es siempre su hijo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de los hijos de Dios es fruto del amor del corazón del padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por tanto nadie puede quitárnosla. Nadie puede quitarnos esta dignidad, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

ll Domingo de Cuaresma, 17 de Marzo del 2019

Queridos Hermanos:

«La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros.

Si bien estamos invitados a la gloria, no podemos olvidar que el camino para alcanzarla necesariamente pasa por la cruz. Tampoco podemos olvidar, especialmente en los momentos de dura prueba, que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 18). Así, pues, no temas tomar tu cruz cada día y seguir fielmente al Señor Jesús, confiado en la promesa que Él nos hace de hacernos partícipes de su misma gloria si hacemos lo que Él nos dice. Al final del tiempo y comienzo de la eternidad todos resucitaremos:  unos para vivir en el Cielo en cuerpo y alma glorificados, y otros para lo mismo…pero en el Infierno.

¿Cómo seremos al ser resucitados?  “El transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso” (Flp. 3,17 – 4,1) En la Transfiguración, los tres Apóstoles que fueron testigos de ese milagro, nos dieron un avance de lo que luego fue la Resurrección de Cristo y de lo que va a ser la nuestra. Nos cuenta el Evangelio (Lc. 9, 28-36) que estando con Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor, Jesús se puso a orar y “su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y fulgurantes”.  Diríamos que ellos pudieron ver algo de la gloria divina. Y es que los apóstoles andaban consternados por el anuncio que, unos días antes, les había hecho Jesús de su Pasión, Muerte y posterior Resurrección. Entonces Jesús quiso reforzar la fe de sus más allegados, mostrándoles algo de su gloria, dándoles un preludio de lo que sería su Resurrección. Ciertamente, nosotros también seremos resucitados.  Pero antes hay que avanzar por el camino de Cristo:  primero cruz y luego resurrección.

Hay que seguir a Cristo en todo.  Sea en el Calvario y en el Tabor.  Sea en las penas y en las alegrías.  Sea en los triunfos y en los fracasos.  Sea en lo fácil y en lo difícil.  Sea en lo agradable y lo desagradable.  Sea en los aciertos y desaciertos.  Todo, menos el pecado, es Voluntad de Dios.  Todo está enmarcado dentro de sus planes.  Y sus planes están dirigidos a nuestro máximo bien que es nuestra salvación … y nuestra futura resurrección. Pero ¿cómo es eso de resucitar?  Cuando se reúnan nuestros cuerpos muertos con nuestras almas inmortales –que eso es resucitar- Dios nos transformará, nos glorificará con su gloria, nos iluminará con su luz infinita … es decir, nos transfigurará.  Lo que vieron los Apóstoles en la Transfiguración nos da una idea de cómo seremos resucitados.

Al respecto nos dijo el Papa San Juan Pablo II: “Si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección, la transfiguración del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia” (JP II, 14-3-2001).  ¡Ahhh!  Pero esa transformación no es automática:  tenemos que poner de nuestra parte para que se dé esa transfiguración de nuestra alma.

Porque, seremos resucitados –eso es una verdad de Fe- pero ¡ojo!: hay condiciones para ser resucitados a una vida de gloria y máxima felicidad, en cuerpos transfigurados: “Los que hicieron bien resucitarán para la Vida; pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 29). Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

l Domingo de Cuaresma, 10 de Marzo 2019

Queridos hermanos: En el Evangelio de este Domingo, Lucas nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto. La figura de Jesús que vuelve de su bautismo en el Jordán y durante cuarenta días es conducido por el Espíritu a través del desierto inhóspito sin probar alimento, abre el pórtico del tiempo litúrgico de la Cuaresma o cuarentena que hemos iniciado el miércoles de Ceniza. El número cuarenta (40) tiene un fuerte significado simbólico ya que sirve para expresar un periodo (días, noches o años) de presencia, de acción y revelación de Dios en la vida y en el mundo de los hombres.

La mejor y única manera de superar la prueba del desierto de la vida y las tentaciones del demonio es no apartarse de Dios. Es confesar y creer en Jesús con el corazón y con los labios, en nuestro interior y en nuestra vida cotidiana, Jesucristo es la imagen fiel del Padre e Hijo del único Dios verdadero que liberó de la esclavitud a su pueblo y que salva a todo aquel que invoca su nombre. Pues: «con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación»  La lucha espiritual no se ve a simple vista, pero es real.  La guerra implacable entre las fuerzas del Mal (de Satanás) y las fuerzas del Bien (de Dios) son más fuertes que nunca.  Y el Demonio, mentiroso de oficio, hace creer que va a ganar esta lucha. La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual. ¿Cuáles son nuestras armas?  El ayuno, la limosna y la oración.  Estos ejercicios nos ayudan a desprendernos de lo que nos impide ganar el combate espiritual. Jesús tuvo su combate espiritual cuando después de haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, “fue tentado por el Demonio” (Lc. 4, 1-13). Qué osadía pretender tentar al mismo Dios!  Osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad:  ¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes!  Allí en el desierto, Jesucristo hizo que Satanás probara su derrota, derrota que completó con su Cruz y su Resurrección.  Y esa derrota será plena y terminante el día de su venida gloriosa, cuando regrese a establecer su reinado definitivo y ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El Demonio pretendió desviar a Cristo de su misión con tres tentaciones:  una de poder, otra de gloria y triunfo, y otra de bienestar material.  El bicho sigue con el mismo guión:  es lo mismo que nos ofrece hoy en día a todos los que quieran estar en el equipo perdedor.

Con la primera tentación, el Demonio invita a Jesús a convertir las piedras en pan para calmar su hambre.  Es una tentación de poder, pero también de ceder a los sentidos para consentir el cuerpo.  Tentación también muy presente en nuestros días:  no hay que sufrir, si con poder se puede aliviar cualquier cosa.

La segunda tentación fue de avaricia y poder temporal, por supuesto acompañada de su siempre presente mentira: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de (todos los reinos de la tierra) y yo los doy a quien quiero”.  ¡A cuántos no ha engañado el Demonio con esa mentira de ser el dueño de lo creado y de que, si se le rinden y lo adoran a él, en vez de a Dios, él les dará lo que le pidan!

La tercera tentación fue de orgullo y soberbia, triunfo y gloria.  Y en ésta sí se pasó de osado:  tentó al mismo Dios con la Palabra de Dios.  Le sugirió que se lanzara en pleno centro de Jerusalén de la parte más alta del Templo porque, de acuerdo a la Escritura, los Ángeles vendrían a rescatarlo en el aire.  Imaginemos lo que hubiera sucedido con un milagro así: ¡Jesús reducido a super-man! Sabemos por la Biblia -y por experiencia- que nosotros no vamos a estar libres de tentaciones.  La santidad no consiste en no ser tentado, sino en poder superar las tentaciones.  Y contamos con toda la ayuda necesaria de parte de Dios para estar en el bando ganador, para ganar las batallas espirituales y la batalla final.. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

Vlll Domingo Ordinario, 03 de Marzo del 2019

Queridos Hermanos (as): Uno de los títulos que tanto los discípulos como sus enemigos solían dar a Jesús es el de Maestro. En la lectura del Evangelio (San Lucas 6, 39 – 45) veremos claramente cómo Jesús se hace merecedor de este título ya que conoce profundamente lo que está dentro del corazón del hombre. Podríamos decir que penetra en las honduras más recónditas del alma y del espíritu para explicar de manera sencilla una verdad difícil de negar: es más fácil reconocer los defectos del otro que los propios y «de lo que rebosa el corazón habla la boca». El libro del Eclesiástico (Eclesiástico 27, 4-7), en su milenaria sabiduría, nos hablará del mismo tema: la palabra manifiesta el pensamiento del hombre. La carta a los Corintios es una exhortación a mantenerse firmes en la Palabra de Dios que ha tenido pleno cumplimiento en Jesucristo: vencedor del pecado y de la muerte (primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 54 – 58).

“¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”, nos alertó Jesús casi al final del Sermón de la Montaña. Hay muchos ciegos por ahí.  Y ¿cómo podemos dejar de ser ciegos para ver bien?  La Luz que nos devuelve la vista es la que nos da Jesús con sus enseñanzas.  Pero esas enseñanzas hay que aceptarlas y, al irlas siguiendo con docilidad, se nos va quitando la ceguera. Es así como el discípulo que se deja formar por Cristo, al ir asumiendo y practicando sus consejos y enseñanzas, podrá ser esa luz para los demás, esa guía luminosa que los atrae.  Pero, en realidad, quien los atrae es el mismo Cristo, que nos dijo: “Yo soy la Luz del mundo” (Jn 8, 12). Ahora bien, dejar de ser ciego requiere del seguidor de Cristo continua conversión.  Y ¿en qué consiste esa conversión?  En reconocer los propios pecados y defectos.  Sólo así se es luz y se puede ser guía.   Guía no es aquél que anda cargado de defectos y pecados, pero se siente con derecho de reclamar a otros los defectos y pecados que tiene y que –casi seguramente- son mucho menores que los suyos.

Para esto, Jesús presenta una característica a observar en nosotros mismos y en los demás: “cada árbol se conoce por su fruto”.  Por cierto, los frutos no tienen que ser obras grandiosas u obras físicas que se vean –aunque pudieran también serlo.  Los principales frutos son los que salen del interior de la persona, comenzado por los llamados Frutos del Espíritu: “caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Gal 5, 22-23).

Los frutos de cada persona –si es que no se ven a simple vista, porque los trata de esconder- en algún momento salen de su boca, sean buenos o sean malos, “porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”, nos dice Jesús en este pasaje evangélico. De allí la importancia de cultivar virtudes en nuestro interior, como el buen cuido que se le da a las plantas y árboles.  ¿Cómo hacerlo?  Cristo nos dejó la guía y la ayuda en Su Palabra y en Su Iglesia.

En la Iglesia tenemos los Sacramentos, concretamente la Confesión y la Comunión, como auxilios indispensables para sanar y alimentar el corazón. Y tenemos la oración, ese privilegio inmenso de poder comunicanos con Dios cada vez que se nos ocurra.  La oración y los Sacramentos van ayudándonos a transformar nuestro corazón pecador en un corazón que se vaya asemejando cada vez más al de Jesús…y al de Su Madre.

Eso sí, tampoco engañarnos con creer que es obra nuestra el cultivo de nuestro corazón: ¡es obra de Dios!  Por eso nos dice San Pablo (1ª Cor 15, 54-58): “¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

 “Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.