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Me siento, bendecido con mis Hermanos en Cristo de la Iglesia NAORCC, en Phoenix, Arizona: De izquierda a derecha: Su Excelencia Mons. Michael Gottard, DD, Michigan, Su Servidor Mons. Juan M Bustillo, DD Diócesis Las Vegas Nevada, Su Eminencia Reverendísima Chris M. Hernandez, DD. Arzobispo Coadjutor, Arquidiócesis de California, Su Eminencia Reverendísima Joseph Andrew Vellone, DD Presidente, Arquidiócesis de California y Las Vegas Nevada, Su Excelencia Mons. Romeo R Rabusa, DD. Diócesis de Santo Niño, Phoenix, Arizona, Su Excelencia Mons. Julio A Higuera, DD. Iglesia Santa María Madre Nuestra, Mesa, Arizona y Su Excelencia Bobby Charles Hall, DD. Provincia de Ozarks. Celebración en La Iglesia Católica Santo Niño, Phoenix, Arizona.

Liturgias Dominicales

Vl Domingo Ordinario, 17 de Febrero del 2019

Queridos Hermanos ¿Pueden ser felices los que sufren?  Sí, sí pueden.  Al menos eso fue lo que nos dijo Jesucristo.  ¡Felices los que ahora sufren!  Y lo dijo bastante al inicio de su predicación en el conocido “Sermón de la Montaña”, el cual comienza con las “bienaventuranzas” o motivos para considerarnos felices.  Es lo que nos presenta el Evangelio de hoy (Lc. 6, 17-26).

1.-La confianza en Dios no es caer la inactividad o dejadez. Entre otras cosas, la confianza en Dios implica –además de abandonarnos en El- plantearnos pequeñas metas que denoten que somos de los suyos, que Dios no es una simple quimera o un sueño fugaz. Que es Alguien que lo sentimos cercano a nuestra vida y a nuestra realidad. Alguien, con cierta razón, llegó a decir: “la confianza en Dios es la mayor prueba que le podemos dar de que somos sus hijos”. Y hoy, por si no nos queda suficientemente claro, Jesús nos señala unos caminos para llevarnos hasta Dios: es el mensaje denso pero nítido de las bienaventuranzas.

  1. ¿Confías en Dios? No pongas tu centro en el dinero. Tampoco digas que “no es importante”. Entre otras cosas porque, puedes engañar a algunos de los que te rodean, pero a no Dios que siempre ve en lo escondido. ¿Confías en Dios? No te preocupes si no posees todo aquello que tú desearías alcanzar para una felicidad completa. Un día, en el abrazo saciativo que Dios te dará, entenderás muchas cosas. ¿Confías en Dios? No olvides las lágrimas. Sé solidario. No te justifiques sobre el mal del mundo con un “yo no puedo hacer nada”. Que tu llanto sea sinónimo de tu solidaridad con los que más sufren.

¿Confías en Dios? Da razón de tu esperanza. No escondas tu carnet de identidad cristiano. El Señor puso por nosotros su cara en una cruz. ¿Por qué nos cuesta tanto a nosotros dar testimonio de que somos cristianos o católicos? ¿Confías en Dios? Si a Él lo insultaron antes, subiendo y estando colgado en la cruz… ¿pretendes, pretendemos ser más que el Maestro? A veces, cuando no somos más increpados, tendríamos que preguntarnos si no será porque presentamos de una forma, demasiado dulce o descafeinado el mensaje del Evangelio. ¿Confías en Dios? No anhelemos puestos de primera o reconocimiento público por parte de instituciones políticas, económicas, culturales o sociales. Nuestra recompensa, y que no sea un tópico, está en el cielo. Hacia él, donde habita la gloria de Dios, vamos caminando con el espíritu de las bienaventuranzas.

3.- Seguimos acompañando al Señor en su vida pública. Hay cosas de su evangelio que nos seducen, otras nos escandalizan. Existen palabras de Jesús que nos reconfortan, otras nos producen vértigo, esperanza o deserción. Pidamos al Señor que nuestra confianza la tengamos puesta siempre en El y, Jesús, nos dará la fuerza necesaria para perseverar y alcanzar esa riqueza de contemplar cara a cara al mismo Dios. Que la próxima cuaresma nos ayude a poner en el corazón de nuestra vida a ese Cristo que se fía de nosotros y camina junto a nosotros para salvarnos. ¿Confiamos en El? ¡Vayamos con El!

4.- MI CONFIANZA ERES TU, SEÑOR Frente a la  riqueza que todo lo invade, dame tu  pobreza que todo lo enriquece Frente a los  manjares que el mundo me ofrece dame el  hambre de Ti para no perderte. Antes que la  alegría en sonrisas fingidas da a mis  ojos lágrimas y pena con los que lloran. Antes que  cobardía frente a los que me insultan dame valentía  y perseverancia en tu camino.  Antes que  deseos de poder y de apariencia dame  humildad y saber siempre estar de tu lado.  Antes que  vanidad o ansias de aplausos dame la  satisfacción de ser tu amigo Que mi  confianza, Señor, seas Tú Que mi  riqueza, Señor, seas Tú.  Que mi  alimento, Señor, seas Tú Que mi  alegría, Señor, seas Tú Que mi  fortaleza, Señor, seas Tú Que mi horizonte, Señor, ahora y  siempre seas tú. Amén  Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

 “Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Noticias

Señor, humildemente te doy gracias, porque me has permitido llegar a estos 30 AÑOS DE VIDA SACERDOTAL, bajo tu protección Paternal, tu cuidado Amoroso, tu guía Bondadosa y tu abundante Bendición. Señor grande es tu Bondad y tu Misericordia es sin límite…
Dame tu Bendición Paternal, y que Yo, la reciba: En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo Amén.

Liturgias Dominicales

V Domingo Ordinario, 10 de Febrero 2019

Queridos Hermanos: Sin duda el mensaje de este quinto Domingo del tiempo ordinario es muy claro: la libre elección de Dios y la respuesta generosa del hombre. El profeta Isaías es elegido durante una acción litúrgica en el templo de Jerusalén: «Oí la voz del Señor que me decía: ¿A quién enviaré?» (Isaías 6,1-2a.3-8). San Pedro, por su parte, percibe la elección divina después de haber obedecido al Maestro de «bregar mar adentro» y echar nuevamente las redes. «No temas – le dice Jesús a un Pedro que reconoce a su Señor- desde ahora serás pescador de hombres» (San Lucas 5,1-11). Finalmente, San Pablo evoca el llamado personal que Jesús resucitado le hace, camino de Damasco. A él, el que perseguía cristianos; «el menor de los apóstoles…pero por la gracia de Dios soy lo que soy» (Primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 1-11). En el Evangelio del día, el de Lucas (5, 1-11), donde se invita a Pedro a tirar las redes tras una noche de pesca infructuosa. «Es la primera vez que sucede eso, esa pesca milagrosa. Pero después de la resurrección habrá otra, con características semejantes», destacó. Y ante el gesto de Simón Pedro, que se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador», el Papa Francisco inició una meditación sobre cómo «Jesús encontraba a la gente y cómo la gente encontraba a Jesús».

Ante todo, Jesús iba por las calles, «la mayor parte de su tiempo lo pasaba por las calles, con la gente; luego, ya tarde, se retiraba solo para rezar». Así, pues, Él «iba al encuentro de la gente», la buscaba. Pero la gente, se preguntó el Papa, ¿cómo iba al encuentro de Jesús? Esencialmente, de «dos formas». Una es precisamente la que vemos en Pedro, y que es también la misma «que tenía el pueblo». El Evangelio, destacó el Pontífice, «usa la misma palabra para esta gente, para el pueblo, para los apóstoles, para Pedro»: o sea que ellos, al encontrarse con Jesús, «quedaron “asombrados”». Pedro, los apóstoles, el pueblo, manifiestan «este sentimiento de asombro» y dicen: «Pero este habla con autoridad». Por otro lado, en los Evangelios se lee sobre «otro grupo que se encontraba con Jesús» pero que «no permitía que entrase el asombro en su corazón». Son los doctores de la Ley, quienes escuchaban a Jesús y hacían sus cálculos: «Es inteligente, es un hombre que dice cosas verdaderas, pero a nosotros no nos convienen esas cosas». En realidad, «tomaban distancia». Había también otros «que escuchaban a Jesús», y eran los «demonios», como se deduce del pasaje evangélico de la liturgia del miércoles 2, donde está escrito que Jesús «al imponer sus manos sobre cada uno los curaba, y de muchos salían también demonios, gritando: “Tu eres el Hijo de Dios”». Explicó el Papa: «Tanto los demonios como los doctores de la Ley o los malvados fariseos, no tenían capacidad de asombro, estaban encerrados en su suficiencia, en su soberbia». En cambio, el pueblo y Pedro contaban con el asombro. «¿Cuál es la diferencia?», se preguntó el Papa Francisco. De hecho, explicó, Pedro «confiesa» lo que confiesan los demonios. «Cuando Jesús en Cesarea de Filipo pregunta: “¿Quién soy yo?”» y él responde «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Mesías», Pedro «hace su confesión, dice quién es Él». Y también los demonios hacen lo mismo, reconocen que Jesús es el Hijo de Dios. Pero Pedro añade «otra cosa que no dicen los demonios». Habla de sí mismo y dice: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Ni los fariseos ni los doctores de la Ley ni los demonios «pueden decir esto», no son capaces de hacerlo. «Los demonios —explicó el Papa Francisco— llegan a decir la verdad acerca de Él, pero acerca de ellos mismos no dicen nada», porque «la soberbia es tan grande que les impide decirlo». También los doctores de la Ley reconocen: «Este es inteligente, es un rabino capaz, hace milagros». Pero no son capaces de añadir: «Nosotros somos soberbios, no somos suficientes, somos pecadores». He aquí, entonces, la enseñanza válida para cada uno: «La incapacidad de reconocernos pecadores nos aleja de la verdadera confesión de Jesucristo». Precisamente esta «es la diferencia». Lo da a entender Jesús mismo «en esa hermosa parábola del publicano y el fariseo en el templo», donde se encuentra «la soberbia del fariseo ante el altar». El hombre habla de sí mismo, pero nunca dice: «Yo soy pecador, me he equivocado». Frente a él se contrapone «la humildad del publicano que no se atreve a levantar los ojos», y sólo dice: «Piedad, Señor, soy pecador». Y es precisamente «esta capacidad de decir que somos pecadores» la que nos abre «al asombro del encuentro de Jesús, el verdadero encuentro». Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

lV Domingo Ordinario, 03 de Febrero del 2019

Queridos Hermanos(as): Este Domingo, «Dies Domini», las lecturas nos van a ayudar a meditar en algo que es fundamental para todo ser humano: ¿qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Para qué he sido creado? ¿Cuál es mi misión en este pasajero mundo? Jeremías  ( Jeremías 1, 4-5.17-19), Pablo y el Señor Jesús nos van a mostrar, cada uno, la misión a la cual Dios nos ha convocado. Tres hombres con una única misión. El centro es sin duda Jesucristo, plenitud de la revelación. Nuestro Señor Jesús es el enviado del Padre para traernos la reconciliación a todos los hombres, sin distinción alguna entre judíos y gentiles (San Lucas 4, 21-30).

Cuando Jesús concluyó sus palabras, ganándose la admiración y el entusiasmo de todos, a alguien se le ocurrió poner en duda su credibilidad recordando la humildad de su origen. Recordemos que esto ocurría en Nazaret donde Jesús se había criado. No pueden creer que alguien a quien conocen desde pequeño pueda haberse destacado así, y se preguntan: «¿De dónde le viene esto? ¿Qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?… ¿No es éste el carpintero, el hijo de María…?» (Mc 6,2-3). La envidia, esta pasión humana tan antigua, entra en juego y los ciega, impidiéndoles admitir la realidad de Jesús. Esto da pie para que Jesús diga la famosa sentencia: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». Y les cita dos episodios de la historia sagrada en que Dios despliega su poder salvador sobre dos extranjeros. Cuando un predicador goza de prestigio y aceptación puede decir a sus oyentes esto y mucho más sin provocar por eso su ira. Es que aquí hay algo más profundo; aquí está teniendo cumplimiento lo que todos los evangelistas registran perplejos: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Estamos ante el misterio de la iniquidad humana: aquél que era «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14) iba a ser rechazado por los hombres hasta el punto de someterlo a la muerte más ignominiosa. Pero, aunque «nadie es profeta en su tierra» y la autoridad de Jesús era contestada, aunque fue sacado de la sinagoga y de la ciudad a empujones con intención de despeñarlo, sin embargo, Jesús mantiene su majestad, y queda dueño de la situación.

Pablo, antes Saulo de Tarso, lleva adelante la enorme misión evangelizadora dada a los apóstoles directamente por Jesús, compartiéndonos en esta bella lectura, lo único que debe de alimentar el corazón del hombre: el amor (primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 31-13,13). Finalmente el amor es ya aquí y ahora lo que será eternamente ya que por él participamos de la misma vida divina (1 Cor 13,8-13). El amor del que aquí habla San Pablo no es el amor egoísta y autosuficiente. Es el amor cristiano (ágape) que se dirige conjuntamente a Dios y a nuestros hermanos, y que ha sido derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones (ver Rom 5,5); es, en fin, un amor sin límites como el que nos ha mostrado Jesús al entregarse por cada uno de nosotros. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

lll Domingo Ordinario, 27 de Enero del 2019

Queridos Hernanos (as): La palabra de Dios, que es la que nos convoca en la Iglesia cada domingo para celebrar la Eucaristía, se cumple en Cristo, el enviado por Dios, el Ungido. Por nuestro bautismo, en el que recibimos el Espíritu Santo, también nosotros somos hijos de Dios por medio de Cristo. El bautismo y la palabra de Dios, leída y celebrada hoy como cada domingo en la Eucaristía, nos muevan a reconocernos a nosotros y a los demás como miembros de este cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y a llevar a cabo cada uno nuestra función en él.

El Templo de los judíos estaba en Jerusalén.  Allí se celebraban las grandes fiestas judías.  Pero cada pueblo tenía su Sinagoga, donde se reunían todos los Sábados.  Jesús comenzó a darse a conocer leyendo y enseñando en las Sinagogas.  Nos dice San Lucas que “todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región” (Lc. 1, 1-4 y 4, 14-21).

Un día Jesús decidió ir a Nazaret, el pueblo donde había crecido y vivido.  Y ese Sábado le tocó leer (¿casualidad?) “el volumen de Profeta Isaías y encontró el pasaje en que estaba escrito” lo que se refería a la misión del Mesías:  “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva …” Siempre que se leía este trozo, la gente pensaba en ese personaje misterioso tan esperado por todo el pueblo de Israel.  Y ese día Jesús al leer lo dicho sobre Él, se le ocurrió rematar la lectura diciendo:  “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.  Que es lo mismo que decir:  “Ése de quien habla Isaías soy Yo”.

¡Vaya sorpresa! Los presentes no salían de su asombro.  ¡Pero cómo es posible!  ¿No es éste Jesús, el hijo del carpintero?  Nazaret era una ciudad pequeña.  Todos lo conocían como un hombre cualquiera.  ¡Y ahora venía a decir que era el Mesías!  La discusión terminó con la sentencia tan conocida de que “nadie es profeta en su tierra”.  Y hasta trataron de empujar a Jesús por un barranco.  Pero Él se les desapareció sin que se dieran cuenta.

Este momento en que Jesús en su Sinagoga de Nazaret anunció el cumplimiento de la Profecía de Isaías era un momento de gran importancia y de mucha solemnidad.  Pero no parece tan solemne, porque Jesús todo lo hacía en la mayor discreción:  Jesús, un conocido de allí, sin la más mínima muestra de exaltación, lee la Profecía y declara que se estaba cumpliendo en El:  que El era el Mesías esperado. Y es que había ya llegado el momento, “la plenitud de los tiempos”, en que Dios ya no hablaba por medio de los antiguos profetas, sino que comenzó a hablar Él mismo.  Pero no le creyeron. “Vino a lo suyos y lo suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 11).

Y nosotros … ¿creemos en Jesucristo?  ¿Y creemos en todo lo que nos ha dicho y dispuesto?  ¿Creemos que Él es el Mesías que vino a salvarnos?  Y más importante aún:  ¿aprovechamos la salvación que Él nos trajo? ¿Qué cómo se aprovecha la salvación?  Muy sencillo:  haciendo todo lo que Él nos ha dicho que es necesario para salvarse. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.