Liturgias Dominicales

lV Domingo de Cuaresma, 31 de Marzo del 2019

Queridos Hermanos (as): «Dejaos reconciliar con Dios», he aquí una clave de lectura de las lecturas de este cuarto Domingo de Cuaresma. «Empezamos por el final, es decir por la alegría del corazón del Padre, que dice: “Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (vv. 23-24). Con estas palabras el padre ha interrumpido al hijo menor en el momento en el que estaba confesando su culpa “ya no merezco ser llamado hijo tuyo…” (v. 19).

Pero esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que sin embargo se apresura para restituir al hijo los signos de su dignidad: el vestido, el anillo, las sandalias. Jesús no describe un padre ofendido o resentido, un padre que por ejemplo dice “me la pagarás”, no, el padre lo abraza, lo espera con amor; al contrario, la única cosa que el padre tiene en el corazón es que este hijo está delante de él sano y salvo. Y esto le hace feliz y hace fiesta.

La recepción del hijo que vuelve está descrita de forma conmovedora: “Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (v. 20). Cuánta ternura, lo vio desde lejos, ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo volvía. Lo esperaba, ese hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Es algo bonito la ternura del padre. La misericordia del padre es desbordante y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable.

Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: “trátame como a uno de tus jornaleros” (v. 19). Pero estas palabras se disuelven delante del perdón del padre. El abrazo y el beso de su padre le han hecho entender que ha sido siempre considerado hijo, a pesar de todo, pero es siempre su hijo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de los hijos de Dios es fruto del amor del corazón del padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por tanto nadie puede quitárnosla. Nadie puede quitarnos esta dignidad, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

ll Domingo de Cuaresma, 17 de Marzo del 2019

Queridos Hermanos:

«La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros.

Si bien estamos invitados a la gloria, no podemos olvidar que el camino para alcanzarla necesariamente pasa por la cruz. Tampoco podemos olvidar, especialmente en los momentos de dura prueba, que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 18). Así, pues, no temas tomar tu cruz cada día y seguir fielmente al Señor Jesús, confiado en la promesa que Él nos hace de hacernos partícipes de su misma gloria si hacemos lo que Él nos dice. Al final del tiempo y comienzo de la eternidad todos resucitaremos:  unos para vivir en el Cielo en cuerpo y alma glorificados, y otros para lo mismo…pero en el Infierno.

¿Cómo seremos al ser resucitados?  “El transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso” (Flp. 3,17 – 4,1) En la Transfiguración, los tres Apóstoles que fueron testigos de ese milagro, nos dieron un avance de lo que luego fue la Resurrección de Cristo y de lo que va a ser la nuestra. Nos cuenta el Evangelio (Lc. 9, 28-36) que estando con Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor, Jesús se puso a orar y “su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y fulgurantes”.  Diríamos que ellos pudieron ver algo de la gloria divina. Y es que los apóstoles andaban consternados por el anuncio que, unos días antes, les había hecho Jesús de su Pasión, Muerte y posterior Resurrección. Entonces Jesús quiso reforzar la fe de sus más allegados, mostrándoles algo de su gloria, dándoles un preludio de lo que sería su Resurrección. Ciertamente, nosotros también seremos resucitados.  Pero antes hay que avanzar por el camino de Cristo:  primero cruz y luego resurrección.

Hay que seguir a Cristo en todo.  Sea en el Calvario y en el Tabor.  Sea en las penas y en las alegrías.  Sea en los triunfos y en los fracasos.  Sea en lo fácil y en lo difícil.  Sea en lo agradable y lo desagradable.  Sea en los aciertos y desaciertos.  Todo, menos el pecado, es Voluntad de Dios.  Todo está enmarcado dentro de sus planes.  Y sus planes están dirigidos a nuestro máximo bien que es nuestra salvación … y nuestra futura resurrección. Pero ¿cómo es eso de resucitar?  Cuando se reúnan nuestros cuerpos muertos con nuestras almas inmortales –que eso es resucitar- Dios nos transformará, nos glorificará con su gloria, nos iluminará con su luz infinita … es decir, nos transfigurará.  Lo que vieron los Apóstoles en la Transfiguración nos da una idea de cómo seremos resucitados.

Al respecto nos dijo el Papa San Juan Pablo II: “Si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección, la transfiguración del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia” (JP II, 14-3-2001).  ¡Ahhh!  Pero esa transformación no es automática:  tenemos que poner de nuestra parte para que se dé esa transfiguración de nuestra alma.

Porque, seremos resucitados –eso es una verdad de Fe- pero ¡ojo!: hay condiciones para ser resucitados a una vida de gloria y máxima felicidad, en cuerpos transfigurados: “Los que hicieron bien resucitarán para la Vida; pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 29). Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

l Domingo de Cuaresma, 10 de Marzo 2019

Queridos hermanos: En el Evangelio de este Domingo, Lucas nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto. La figura de Jesús que vuelve de su bautismo en el Jordán y durante cuarenta días es conducido por el Espíritu a través del desierto inhóspito sin probar alimento, abre el pórtico del tiempo litúrgico de la Cuaresma o cuarentena que hemos iniciado el miércoles de Ceniza. El número cuarenta (40) tiene un fuerte significado simbólico ya que sirve para expresar un periodo (días, noches o años) de presencia, de acción y revelación de Dios en la vida y en el mundo de los hombres.

La mejor y única manera de superar la prueba del desierto de la vida y las tentaciones del demonio es no apartarse de Dios. Es confesar y creer en Jesús con el corazón y con los labios, en nuestro interior y en nuestra vida cotidiana, Jesucristo es la imagen fiel del Padre e Hijo del único Dios verdadero que liberó de la esclavitud a su pueblo y que salva a todo aquel que invoca su nombre. Pues: «con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación»  La lucha espiritual no se ve a simple vista, pero es real.  La guerra implacable entre las fuerzas del Mal (de Satanás) y las fuerzas del Bien (de Dios) son más fuertes que nunca.  Y el Demonio, mentiroso de oficio, hace creer que va a ganar esta lucha. La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual. ¿Cuáles son nuestras armas?  El ayuno, la limosna y la oración.  Estos ejercicios nos ayudan a desprendernos de lo que nos impide ganar el combate espiritual. Jesús tuvo su combate espiritual cuando después de haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, “fue tentado por el Demonio” (Lc. 4, 1-13). Qué osadía pretender tentar al mismo Dios!  Osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad:  ¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes!  Allí en el desierto, Jesucristo hizo que Satanás probara su derrota, derrota que completó con su Cruz y su Resurrección.  Y esa derrota será plena y terminante el día de su venida gloriosa, cuando regrese a establecer su reinado definitivo y ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El Demonio pretendió desviar a Cristo de su misión con tres tentaciones:  una de poder, otra de gloria y triunfo, y otra de bienestar material.  El bicho sigue con el mismo guión:  es lo mismo que nos ofrece hoy en día a todos los que quieran estar en el equipo perdedor.

Con la primera tentación, el Demonio invita a Jesús a convertir las piedras en pan para calmar su hambre.  Es una tentación de poder, pero también de ceder a los sentidos para consentir el cuerpo.  Tentación también muy presente en nuestros días:  no hay que sufrir, si con poder se puede aliviar cualquier cosa.

La segunda tentación fue de avaricia y poder temporal, por supuesto acompañada de su siempre presente mentira: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de (todos los reinos de la tierra) y yo los doy a quien quiero”.  ¡A cuántos no ha engañado el Demonio con esa mentira de ser el dueño de lo creado y de que, si se le rinden y lo adoran a él, en vez de a Dios, él les dará lo que le pidan!

La tercera tentación fue de orgullo y soberbia, triunfo y gloria.  Y en ésta sí se pasó de osado:  tentó al mismo Dios con la Palabra de Dios.  Le sugirió que se lanzara en pleno centro de Jerusalén de la parte más alta del Templo porque, de acuerdo a la Escritura, los Ángeles vendrían a rescatarlo en el aire.  Imaginemos lo que hubiera sucedido con un milagro así: ¡Jesús reducido a super-man! Sabemos por la Biblia -y por experiencia- que nosotros no vamos a estar libres de tentaciones.  La santidad no consiste en no ser tentado, sino en poder superar las tentaciones.  Y contamos con toda la ayuda necesaria de parte de Dios para estar en el bando ganador, para ganar las batallas espirituales y la batalla final.. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

Vlll Domingo Ordinario, 03 de Marzo del 2019

Queridos Hermanos (as): Uno de los títulos que tanto los discípulos como sus enemigos solían dar a Jesús es el de Maestro. En la lectura del Evangelio (San Lucas 6, 39 – 45) veremos claramente cómo Jesús se hace merecedor de este título ya que conoce profundamente lo que está dentro del corazón del hombre. Podríamos decir que penetra en las honduras más recónditas del alma y del espíritu para explicar de manera sencilla una verdad difícil de negar: es más fácil reconocer los defectos del otro que los propios y «de lo que rebosa el corazón habla la boca». El libro del Eclesiástico (Eclesiástico 27, 4-7), en su milenaria sabiduría, nos hablará del mismo tema: la palabra manifiesta el pensamiento del hombre. La carta a los Corintios es una exhortación a mantenerse firmes en la Palabra de Dios que ha tenido pleno cumplimiento en Jesucristo: vencedor del pecado y de la muerte (primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 54 – 58).

“¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”, nos alertó Jesús casi al final del Sermón de la Montaña. Hay muchos ciegos por ahí.  Y ¿cómo podemos dejar de ser ciegos para ver bien?  La Luz que nos devuelve la vista es la que nos da Jesús con sus enseñanzas.  Pero esas enseñanzas hay que aceptarlas y, al irlas siguiendo con docilidad, se nos va quitando la ceguera. Es así como el discípulo que se deja formar por Cristo, al ir asumiendo y practicando sus consejos y enseñanzas, podrá ser esa luz para los demás, esa guía luminosa que los atrae.  Pero, en realidad, quien los atrae es el mismo Cristo, que nos dijo: “Yo soy la Luz del mundo” (Jn 8, 12). Ahora bien, dejar de ser ciego requiere del seguidor de Cristo continua conversión.  Y ¿en qué consiste esa conversión?  En reconocer los propios pecados y defectos.  Sólo así se es luz y se puede ser guía.   Guía no es aquél que anda cargado de defectos y pecados, pero se siente con derecho de reclamar a otros los defectos y pecados que tiene y que –casi seguramente- son mucho menores que los suyos.

Para esto, Jesús presenta una característica a observar en nosotros mismos y en los demás: “cada árbol se conoce por su fruto”.  Por cierto, los frutos no tienen que ser obras grandiosas u obras físicas que se vean –aunque pudieran también serlo.  Los principales frutos son los que salen del interior de la persona, comenzado por los llamados Frutos del Espíritu: “caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Gal 5, 22-23).

Los frutos de cada persona –si es que no se ven a simple vista, porque los trata de esconder- en algún momento salen de su boca, sean buenos o sean malos, “porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”, nos dice Jesús en este pasaje evangélico. De allí la importancia de cultivar virtudes en nuestro interior, como el buen cuido que se le da a las plantas y árboles.  ¿Cómo hacerlo?  Cristo nos dejó la guía y la ayuda en Su Palabra y en Su Iglesia.

En la Iglesia tenemos los Sacramentos, concretamente la Confesión y la Comunión, como auxilios indispensables para sanar y alimentar el corazón. Y tenemos la oración, ese privilegio inmenso de poder comunicanos con Dios cada vez que se nos ocurra.  La oración y los Sacramentos van ayudándonos a transformar nuestro corazón pecador en un corazón que se vaya asemejando cada vez más al de Jesús…y al de Su Madre.

Eso sí, tampoco engañarnos con creer que es obra nuestra el cultivo de nuestro corazón: ¡es obra de Dios!  Por eso nos dice San Pablo (1ª Cor 15, 54-58): “¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

 “Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

Vl Domingo Ordinario, 17 de Febrero del 2019

Queridos Hermanos ¿Pueden ser felices los que sufren?  Sí, sí pueden.  Al menos eso fue lo que nos dijo Jesucristo.  ¡Felices los que ahora sufren!  Y lo dijo bastante al inicio de su predicación en el conocido “Sermón de la Montaña”, el cual comienza con las “bienaventuranzas” o motivos para considerarnos felices.  Es lo que nos presenta el Evangelio de hoy (Lc. 6, 17-26).

1.-La confianza en Dios no es caer la inactividad o dejadez. Entre otras cosas, la confianza en Dios implica –además de abandonarnos en El- plantearnos pequeñas metas que denoten que somos de los suyos, que Dios no es una simple quimera o un sueño fugaz. Que es Alguien que lo sentimos cercano a nuestra vida y a nuestra realidad. Alguien, con cierta razón, llegó a decir: “la confianza en Dios es la mayor prueba que le podemos dar de que somos sus hijos”. Y hoy, por si no nos queda suficientemente claro, Jesús nos señala unos caminos para llevarnos hasta Dios: es el mensaje denso pero nítido de las bienaventuranzas.

  1. ¿Confías en Dios? No pongas tu centro en el dinero. Tampoco digas que “no es importante”. Entre otras cosas porque, puedes engañar a algunos de los que te rodean, pero a no Dios que siempre ve en lo escondido. ¿Confías en Dios? No te preocupes si no posees todo aquello que tú desearías alcanzar para una felicidad completa. Un día, en el abrazo saciativo que Dios te dará, entenderás muchas cosas. ¿Confías en Dios? No olvides las lágrimas. Sé solidario. No te justifiques sobre el mal del mundo con un “yo no puedo hacer nada”. Que tu llanto sea sinónimo de tu solidaridad con los que más sufren.

¿Confías en Dios? Da razón de tu esperanza. No escondas tu carnet de identidad cristiano. El Señor puso por nosotros su cara en una cruz. ¿Por qué nos cuesta tanto a nosotros dar testimonio de que somos cristianos o católicos? ¿Confías en Dios? Si a Él lo insultaron antes, subiendo y estando colgado en la cruz… ¿pretendes, pretendemos ser más que el Maestro? A veces, cuando no somos más increpados, tendríamos que preguntarnos si no será porque presentamos de una forma, demasiado dulce o descafeinado el mensaje del Evangelio. ¿Confías en Dios? No anhelemos puestos de primera o reconocimiento público por parte de instituciones políticas, económicas, culturales o sociales. Nuestra recompensa, y que no sea un tópico, está en el cielo. Hacia él, donde habita la gloria de Dios, vamos caminando con el espíritu de las bienaventuranzas.

3.- Seguimos acompañando al Señor en su vida pública. Hay cosas de su evangelio que nos seducen, otras nos escandalizan. Existen palabras de Jesús que nos reconfortan, otras nos producen vértigo, esperanza o deserción. Pidamos al Señor que nuestra confianza la tengamos puesta siempre en El y, Jesús, nos dará la fuerza necesaria para perseverar y alcanzar esa riqueza de contemplar cara a cara al mismo Dios. Que la próxima cuaresma nos ayude a poner en el corazón de nuestra vida a ese Cristo que se fía de nosotros y camina junto a nosotros para salvarnos. ¿Confiamos en El? ¡Vayamos con El!

4.- MI CONFIANZA ERES TU, SEÑOR Frente a la  riqueza que todo lo invade, dame tu  pobreza que todo lo enriquece Frente a los  manjares que el mundo me ofrece dame el  hambre de Ti para no perderte. Antes que la  alegría en sonrisas fingidas da a mis  ojos lágrimas y pena con los que lloran. Antes que  cobardía frente a los que me insultan dame valentía  y perseverancia en tu camino.  Antes que  deseos de poder y de apariencia dame  humildad y saber siempre estar de tu lado.  Antes que  vanidad o ansias de aplausos dame la  satisfacción de ser tu amigo Que mi  confianza, Señor, seas Tú Que mi  riqueza, Señor, seas Tú.  Que mi  alimento, Señor, seas Tú Que mi  alegría, Señor, seas Tú Que mi  fortaleza, Señor, seas Tú Que mi horizonte, Señor, ahora y  siempre seas tú. Amén  Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

 “Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

V Domingo Ordinario, 10 de Febrero 2019

Queridos Hermanos: Sin duda el mensaje de este quinto Domingo del tiempo ordinario es muy claro: la libre elección de Dios y la respuesta generosa del hombre. El profeta Isaías es elegido durante una acción litúrgica en el templo de Jerusalén: «Oí la voz del Señor que me decía: ¿A quién enviaré?» (Isaías 6,1-2a.3-8). San Pedro, por su parte, percibe la elección divina después de haber obedecido al Maestro de «bregar mar adentro» y echar nuevamente las redes. «No temas – le dice Jesús a un Pedro que reconoce a su Señor- desde ahora serás pescador de hombres» (San Lucas 5,1-11). Finalmente, San Pablo evoca el llamado personal que Jesús resucitado le hace, camino de Damasco. A él, el que perseguía cristianos; «el menor de los apóstoles…pero por la gracia de Dios soy lo que soy» (Primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 1-11). En el Evangelio del día, el de Lucas (5, 1-11), donde se invita a Pedro a tirar las redes tras una noche de pesca infructuosa. «Es la primera vez que sucede eso, esa pesca milagrosa. Pero después de la resurrección habrá otra, con características semejantes», destacó. Y ante el gesto de Simón Pedro, que se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador», el Papa Francisco inició una meditación sobre cómo «Jesús encontraba a la gente y cómo la gente encontraba a Jesús».

Ante todo, Jesús iba por las calles, «la mayor parte de su tiempo lo pasaba por las calles, con la gente; luego, ya tarde, se retiraba solo para rezar». Así, pues, Él «iba al encuentro de la gente», la buscaba. Pero la gente, se preguntó el Papa, ¿cómo iba al encuentro de Jesús? Esencialmente, de «dos formas». Una es precisamente la que vemos en Pedro, y que es también la misma «que tenía el pueblo». El Evangelio, destacó el Pontífice, «usa la misma palabra para esta gente, para el pueblo, para los apóstoles, para Pedro»: o sea que ellos, al encontrarse con Jesús, «quedaron “asombrados”». Pedro, los apóstoles, el pueblo, manifiestan «este sentimiento de asombro» y dicen: «Pero este habla con autoridad». Por otro lado, en los Evangelios se lee sobre «otro grupo que se encontraba con Jesús» pero que «no permitía que entrase el asombro en su corazón». Son los doctores de la Ley, quienes escuchaban a Jesús y hacían sus cálculos: «Es inteligente, es un hombre que dice cosas verdaderas, pero a nosotros no nos convienen esas cosas». En realidad, «tomaban distancia». Había también otros «que escuchaban a Jesús», y eran los «demonios», como se deduce del pasaje evangélico de la liturgia del miércoles 2, donde está escrito que Jesús «al imponer sus manos sobre cada uno los curaba, y de muchos salían también demonios, gritando: “Tu eres el Hijo de Dios”». Explicó el Papa: «Tanto los demonios como los doctores de la Ley o los malvados fariseos, no tenían capacidad de asombro, estaban encerrados en su suficiencia, en su soberbia». En cambio, el pueblo y Pedro contaban con el asombro. «¿Cuál es la diferencia?», se preguntó el Papa Francisco. De hecho, explicó, Pedro «confiesa» lo que confiesan los demonios. «Cuando Jesús en Cesarea de Filipo pregunta: “¿Quién soy yo?”» y él responde «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Mesías», Pedro «hace su confesión, dice quién es Él». Y también los demonios hacen lo mismo, reconocen que Jesús es el Hijo de Dios. Pero Pedro añade «otra cosa que no dicen los demonios». Habla de sí mismo y dice: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Ni los fariseos ni los doctores de la Ley ni los demonios «pueden decir esto», no son capaces de hacerlo. «Los demonios —explicó el Papa Francisco— llegan a decir la verdad acerca de Él, pero acerca de ellos mismos no dicen nada», porque «la soberbia es tan grande que les impide decirlo». También los doctores de la Ley reconocen: «Este es inteligente, es un rabino capaz, hace milagros». Pero no son capaces de añadir: «Nosotros somos soberbios, no somos suficientes, somos pecadores». He aquí, entonces, la enseñanza válida para cada uno: «La incapacidad de reconocernos pecadores nos aleja de la verdadera confesión de Jesucristo». Precisamente esta «es la diferencia». Lo da a entender Jesús mismo «en esa hermosa parábola del publicano y el fariseo en el templo», donde se encuentra «la soberbia del fariseo ante el altar». El hombre habla de sí mismo, pero nunca dice: «Yo soy pecador, me he equivocado». Frente a él se contrapone «la humildad del publicano que no se atreve a levantar los ojos», y sólo dice: «Piedad, Señor, soy pecador». Y es precisamente «esta capacidad de decir que somos pecadores» la que nos abre «al asombro del encuentro de Jesús, el verdadero encuentro». Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

lV Domingo Ordinario, 03 de Febrero del 2019

Queridos Hermanos(as): Este Domingo, «Dies Domini», las lecturas nos van a ayudar a meditar en algo que es fundamental para todo ser humano: ¿qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Para qué he sido creado? ¿Cuál es mi misión en este pasajero mundo? Jeremías  ( Jeremías 1, 4-5.17-19), Pablo y el Señor Jesús nos van a mostrar, cada uno, la misión a la cual Dios nos ha convocado. Tres hombres con una única misión. El centro es sin duda Jesucristo, plenitud de la revelación. Nuestro Señor Jesús es el enviado del Padre para traernos la reconciliación a todos los hombres, sin distinción alguna entre judíos y gentiles (San Lucas 4, 21-30).

Cuando Jesús concluyó sus palabras, ganándose la admiración y el entusiasmo de todos, a alguien se le ocurrió poner en duda su credibilidad recordando la humildad de su origen. Recordemos que esto ocurría en Nazaret donde Jesús se había criado. No pueden creer que alguien a quien conocen desde pequeño pueda haberse destacado así, y se preguntan: «¿De dónde le viene esto? ¿Qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?… ¿No es éste el carpintero, el hijo de María…?» (Mc 6,2-3). La envidia, esta pasión humana tan antigua, entra en juego y los ciega, impidiéndoles admitir la realidad de Jesús. Esto da pie para que Jesús diga la famosa sentencia: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». Y les cita dos episodios de la historia sagrada en que Dios despliega su poder salvador sobre dos extranjeros. Cuando un predicador goza de prestigio y aceptación puede decir a sus oyentes esto y mucho más sin provocar por eso su ira. Es que aquí hay algo más profundo; aquí está teniendo cumplimiento lo que todos los evangelistas registran perplejos: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Estamos ante el misterio de la iniquidad humana: aquél que era «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14) iba a ser rechazado por los hombres hasta el punto de someterlo a la muerte más ignominiosa. Pero, aunque «nadie es profeta en su tierra» y la autoridad de Jesús era contestada, aunque fue sacado de la sinagoga y de la ciudad a empujones con intención de despeñarlo, sin embargo, Jesús mantiene su majestad, y queda dueño de la situación.

Pablo, antes Saulo de Tarso, lleva adelante la enorme misión evangelizadora dada a los apóstoles directamente por Jesús, compartiéndonos en esta bella lectura, lo único que debe de alimentar el corazón del hombre: el amor (primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 31-13,13). Finalmente el amor es ya aquí y ahora lo que será eternamente ya que por él participamos de la misma vida divina (1 Cor 13,8-13). El amor del que aquí habla San Pablo no es el amor egoísta y autosuficiente. Es el amor cristiano (ágape) que se dirige conjuntamente a Dios y a nuestros hermanos, y que ha sido derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones (ver Rom 5,5); es, en fin, un amor sin límites como el que nos ha mostrado Jesús al entregarse por cada uno de nosotros. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.

Liturgias Dominicales

lll Domingo Ordinario, 27 de Enero del 2019

Queridos Hernanos (as): La palabra de Dios, que es la que nos convoca en la Iglesia cada domingo para celebrar la Eucaristía, se cumple en Cristo, el enviado por Dios, el Ungido. Por nuestro bautismo, en el que recibimos el Espíritu Santo, también nosotros somos hijos de Dios por medio de Cristo. El bautismo y la palabra de Dios, leída y celebrada hoy como cada domingo en la Eucaristía, nos muevan a reconocernos a nosotros y a los demás como miembros de este cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y a llevar a cabo cada uno nuestra función en él.

El Templo de los judíos estaba en Jerusalén.  Allí se celebraban las grandes fiestas judías.  Pero cada pueblo tenía su Sinagoga, donde se reunían todos los Sábados.  Jesús comenzó a darse a conocer leyendo y enseñando en las Sinagogas.  Nos dice San Lucas que “todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región” (Lc. 1, 1-4 y 4, 14-21).

Un día Jesús decidió ir a Nazaret, el pueblo donde había crecido y vivido.  Y ese Sábado le tocó leer (¿casualidad?) “el volumen de Profeta Isaías y encontró el pasaje en que estaba escrito” lo que se refería a la misión del Mesías:  “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva …” Siempre que se leía este trozo, la gente pensaba en ese personaje misterioso tan esperado por todo el pueblo de Israel.  Y ese día Jesús al leer lo dicho sobre Él, se le ocurrió rematar la lectura diciendo:  “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.  Que es lo mismo que decir:  “Ése de quien habla Isaías soy Yo”.

¡Vaya sorpresa! Los presentes no salían de su asombro.  ¡Pero cómo es posible!  ¿No es éste Jesús, el hijo del carpintero?  Nazaret era una ciudad pequeña.  Todos lo conocían como un hombre cualquiera.  ¡Y ahora venía a decir que era el Mesías!  La discusión terminó con la sentencia tan conocida de que “nadie es profeta en su tierra”.  Y hasta trataron de empujar a Jesús por un barranco.  Pero Él se les desapareció sin que se dieran cuenta.

Este momento en que Jesús en su Sinagoga de Nazaret anunció el cumplimiento de la Profecía de Isaías era un momento de gran importancia y de mucha solemnidad.  Pero no parece tan solemne, porque Jesús todo lo hacía en la mayor discreción:  Jesús, un conocido de allí, sin la más mínima muestra de exaltación, lee la Profecía y declara que se estaba cumpliendo en El:  que El era el Mesías esperado. Y es que había ya llegado el momento, “la plenitud de los tiempos”, en que Dios ya no hablaba por medio de los antiguos profetas, sino que comenzó a hablar Él mismo.  Pero no le creyeron. “Vino a lo suyos y lo suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 11).

Y nosotros … ¿creemos en Jesucristo?  ¿Y creemos en todo lo que nos ha dicho y dispuesto?  ¿Creemos que Él es el Mesías que vino a salvarnos?  Y más importante aún:  ¿aprovechamos la salvación que Él nos trajo? ¿Qué cómo se aprovecha la salvación?  Muy sencillo:  haciendo todo lo que Él nos ha dicho que es necesario para salvarse. Tengan un bendecido Domingo. Mons. Juan M Bustillo.

Liturgias Dominicales

ll Domingo Ordinario 20 de Enero del 2019

Queridos Hermanos(as): “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora” (Jn 1, 1-11). ¿Por qué Jesús llama a su Madre “Mujer” antes de su primer milagro en las Bodas de Caná? Parece como un irrespeto, ¿no? De ninguna manera. Es que esa palabra, aparentemente dura, tiene un significado de gran importancia.

Al decirle “Mujer”, la está reconociendo como la “Mujer ”del Génesis, aquélla cuya descendencia aplastará la cabeza de la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer…” (Gn 3, 15). Y “Mujer” es el mismo nombre que Jesús moribundo le da en la Cruz: “Mujer ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26).

Pero falta aún otro momento imponente en que la Virgen María es llamada “Mujer”. Es en el Apocalipsis: “la Mujer vestida de sol con la luna bajo los pies y en su cabeza una corona de 12 estrellas” (Ap 12, 1).

Tres momentos muy solemnes de la Sagrada Escritura en que la Santísima Virgen es llamada “Mujer”. Esos momentos parecen muy graves y solemnes. Pero  ¿qué tiene de solemne el milagro de Caná?

Santa María, que percibe la falta de vino en una boda en Caná, ve también lo que nos hace falta en nuestras vidas, sabe de las virtudes que necesitamos para asemejarnos cada vez más a su Hijo, el Señor Jesús: más fe, más caridad, más esperanza, más paciencia, más alegría, más pureza, más humildad. Ayer como hoy, Ella intercede también ante su Hijo para que transforme el agua de nuestra insuficiencia o mediocridad en el “vino nuevo” de una vida santa, plena de caridad, rebosante de alegría.

Al aspirar a conformarnos con el Señor Jesús, el Hijo de Santa María, hemos de tener muy presente que sólo Él puede ayudarnos a cambiar nuestros vicios por virtudes. Así como Jesús transformó el agua en vino, Él puede también transformar nuestros corazones endurecidos por nuestros pecados y opciones contra Dios en corazones “de carne”, capaces de amar como Él nos ha amado (ver Ez 36, 26-27).

Para que se dé esta transformación interior en nuestras vidas Santa María intercede incesantemente por cada uno de nosotros, sus hijos e hijas, ante el Señor, al tiempo que nos urge a nosotros: «¡hagan lo que Él les diga!» (Jn 2, 5). Si bien el Señor realiza el milagro de la transformación del agua en vino gracias a la intercesión de su Madre, lo hace también en la medida en que los siervos cooperan haciendo lo que Él les indica, obedeciendo a su palabra. Del mismo modo, el Señor obrará nuestra conversión y santificación sólo en la medida en que prestemos nuestra decidida cooperación desde el recto ejercicio de nuestra propia libertad. Si cooperamos con el Señor cada día, obedeciéndole, procurando poner por obra lo que Él nos dice, Él realizará en nosotros por el don de su Espíritu el milagro de nuestra progresiva santificación, hasta que podamos también nosotros afirmar como el Apóstol Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20).

¿Pero cómo me habla el Señor, de modo que pueda “hacer lo que Él me diga”, cada vez que descubra que me “falta el vino” de alguna virtud? Cuando te falte fe, escucha al Señor que te dice: «No se turbe tu corazón. Crees en Dios: cree también en mí» (Jn 14, 1); si te falta la esperanza y resistencia en las tribulaciones, Él te dice: «¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33); si te falta caridad: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12); si te falta la humildad, y pretendes dar frutos de santidad por ti mismo, Él te dice: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15, 5); si te falta paciencia: «aprende de mí que soy manso y humilde de corazón»; si te falta capacidad de perdón y consientes resentimientos, rencores, deseos de venganza, Él te dice: perdona «hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22); si te falta generosidad, te dice: «A todo el que te pida, da» (Lc 6, 30); si te falta la perseverancia en la oración, Él te dice: «es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18, 1). Ante todo lo que nos hace falta, acudamos al Señor y escuchemos reverentes aquellas enseñanzas a las que María nos invita a adherirnos de mente, corazón y acción: «¡hagan lo que Él les diga!» Tengan un bendecido fin de semana. Mons. Juan M Bustillo.

Liturgias Dominicales

La Epifanía del Señor, 06 de Enero del 2019

Queridos Hermanos(as): Antes de explicarle un poco la historia de los reyes magos, les contaré el cuento de “La casa llena”: “Un anciano de Etiopía, en su lecho de muerte, llamó a sus tres hijos y les dijo: Tengo muy poco para dividirlo entre tres. Daré todo lo que tengo al que se muestre más astuto y sagaz. Encima de la mesa hay una moneda para cada uno. Tómenla. El que compre con esa moneda algo que pueda llenar toda la casa, se quedará con todo. El primer hijo compró hierba seca, pero con aquella moneda sólo consiguió llenar la casa hasta la mitad. El segundo compró sacos de plumas y tampoco la llenó por falta de dinero. El tercero sólo compró una vela. En la noche, encendió la vela y llenó la casa de luz. Este último consiguió la herencia”.

Los Reyes Magos dejaron todo, y se fueron en busca de Jesús. Se llenaron de luz y esperanza por ver al Mesías. Ojalá también nosotros nos llenemos de esa misma luz de Cristo. Vencieron muchos obstáculos: un largo viaje, muchas preguntas, la estrella que se esconde. La vida del creyente es también la historia de un viaje, un viaje de búsqueda de Dios. Si Dios viene a mi encuentro, yo también tengo que salir a su encuentro. Navidad es la cita del amor. En el amor verdadero siempre hay dos corazones latiendo al mismo ritmo. Navidad es la cita del amor de Dios con cada uno de sus hijos.

¿Quiénes eran los Reyes Magos? Mateo los llama magos, que significa “sabios”. Eran una casta sacerdotal de Oriente (Siria, antigua Persia, Arabia), posiblemente seguidores de Zoroastro, y astrólogos, una ocupación de la gente culta. Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar se los fue dando la tradición. Ellos sintieron la llamada de Dios, y salen hacia la tierra judía y su capital Jerusalén, siguiendo una estrella, esperando encontrar allí más información. ¿Los Reyes Magos seguían una estrella? Algunos dicen que fue la conjunción de dos planetas. Es una estrella especial, distinta de las demás, se le conoce como la estrella de Belén. Esta estrella de Belén desaparece cuando los Magos llegan a Jerusalén, aparece cuando salen de ella, y se detiene sobre el lugar donde se encuentra el Niño. Estamos ante un suceso sobrenatural, pues las estrellas no se detienen en sus órbitas. ¿Cómo recibieron a los Reyes Magos en Jerusalén? Los Reyes Magos llegan a Jerusalén preguntando: “Donde está el Rey de los judíos que ha nacido?”

Habría que haber visto las caras de los habitantes de Jerusalén ante tan ingenua pregunta. Y no faltó algún espía, que informó inmediatamente a Herodes, rey de Jerusalén. El Rey Herodes se asustó, y se sintió amenazado por el nacimiento de un posible rival. Piensa que él mismo es quien ha sido designado por Roma como “rey de los judíos”. Por lo tanto, hay que acabar con el recién nacido. ¿Dónde estará? Y llamó a los sacerdotes y letrados, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “En Belén de Judá”. Belén significa: “casa del pan”. Y con toda malicia se reunió en secreto con los magos, y les dijo. “Vayan a Belén, y cuando encuentren al Niño, avísenme para ir yo también a adorarlo”.

Los Reyes magos salen de Jerusalén. Llegan a Belén (a 7 kms de Jerusalén), adoran al Niño Jesús y le regalan oro, incienso y mirra: Oro como a un rey, incienso como a Dios, usado en el culto del templo (Éxodo 30:34), mirra como a alguien que morirá, aun en beneficio de todos; la mirra es una goma resinosa aromática, de la que se extraen perfumes y bálsamos. Cuando a Jesús lo estaban crucificando, le ofrecieron vino con mirra para anestesiar el dolor, pero no lo tomó. Ese mismo Viernes Santo Nicodemo traerá una mezcla de áloe y mirra para preparar el cuerpo de Jesús para su entierro (Juan 19:39-40). El sumo sacerdote usa la mirra como un aceite para ungir (Éxodo 30:23) y para consagraciones. Y ya se disponían a volver a Jerusalén estos Sabios de Oriente, cuando un ángel les avisa en sueños que no vuelvan por el camino de Herodes, sino que se vayan a su tierra por otro camino. La visita de los Reyes Magos al Niño Jesús es un hecho. Muchos piensan que es una composición del evangelista para mostrar efectivamente la manifestación de la revelación de Dios a todos las naciones El relato se hace eco de varias profecías y escritos de las Sagradas Escrituras: de reyes que vendrán trayendo regalos (Salmo 72,10, Isaías 60,6), etc. Todo ello se pone en forma de narración, y es uno de los episodios más bellos y exóticos de la infancia de Jesús, que ha alimentado el corazón y la mente de los niños y adultos. Pero lo de menos son los detalles de la narración. Lo que importa es el mensaje central

Enseñanzas de los Reyes Magos

1.- Lo importante aquí es la universalidad del mensaje cristiano. Los judíos se consideraban el pueblo “elegido”. Pero Jesús viene a abrir las puertas a todos. Quiere hacer caer el muro de la separación y de la exclusión.

2.- La fiesta de hoy se llama “Epifanía”, que significa “manifestación”. Jesús quiere manifestarse a todos los pueblos, y quiere que todos nosotros seamos misioneros, que ayudemos a llevar la luz a todo el mundo.

3.- De pequeños todos hemos jugado a lanzar piedras en algún gran estanque. Y competíamos entre nosotros para ver quién hacía llegar más lejos la piedra resbalando sobre el agua, y por lo tanto quién hacía más ondas sobre el agua. Jesús fue, por así decir, como una piedra lanzada en Oriente. La primera onda alcanzó a los judíos. La segunda onda alcanzó a los gentiles. Hubo más ondas que llegaron hasta nosotros. Son ondas de amor y de luz, que emanan de la piedra que es Cristo y llegan hasta nuestra orilla.

4.- En nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos guía hacia Belén. ¿Estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia?

5.- Los Reyes Magos adoraron al Niño y le ofrecieron oro, incienso y mirra. ¿Qué le ofrecemos al Niño Jesús? ¿A quién adoramos nosotros?

6.- Herodes quiere matar al Niño, y los sumos sacerdotes y letrados no se interesan por el Niño ni se ponen en marcha para adorarlo.

Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad, rechazo e indiferencia en los representantes del poder político y en los dirigentes religiosos. Sólo lo acogerán quienes buscan el reino de Dios y su justicia. Tengan un  Feliz y Próspero Año Nuevo. Mons. Juan M Bustillo.

“Dios Mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo. Te pido perdón por todos aquellos que no creen, no te adoran, ni te esperan, ni te aman”.